El Correo de Burgos

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TAL VEZ sea porque llegan los últimos días del año, pero tras un par de semanas reflexionando sobre lo vivido en los últimos meses, haciendo balance y pensando si la vida vale la pena, me sorprendo con la clarificadora conclusión de que lo más importante es disfrutar de esos pequeños momentos que pueden parecer insignificantes pero que consiguen que todo cobre sentido, que el corazón lata más rápido, que la sonrisa vuelva a tu rostro, que respires profundo y que exhales un ¡aahhhhhhh! de felicidad. Son esas cosas que hacen que la vida valga la pena y que todos tenemos, aunque a veces no valoremos lo suficiente. Las mías son sencillas, pero irrenunciables. Hundir los pies descalzos en la hierba fresca tras un largo paseo. Sentir agujetas en el estómago pero seguir riendo. Una llamada inesperada de alguien que está lejos. Un largo baño caliente con sales y aceites. Un viaje con amigos. Esa mirada que no puedes olvidar. Dormir la siesta en una hamaca en la playa. Una sonrisa cómplice. El café caliente al final de un frío día. Llegar a la primera fila de un concierto y que el cantante te mire a los ojos. Hacer manitas en un cine de verano. Chatear con alguien hasta las tantas aunque al día siguiente haya que madrugar. Meter la mano en un saco de arena y que los granitos se deslicen entre tus dedos. Encender la tele justo cuando empieza tu película favorita. Cantar a gritos en la ducha. Que alguien a quien quieres te grabe su propia versión de tu canción preferida. Caminar bajo la refrescante lluvia una calurosa tarde de verano. Tomar cañas y tapas en una terracita y en buena compañía. El mensaje que te indica que alguien está pensando en ti. Pasear temprano, sola por la ciudad, cuando el sol todavía es suave y parece que te abraza. La contagiosa carcajada de un niño. El olor eléctrico del aire justo antes de una tormenta. Reunirte con viejos amigos y que parezca que no ha pasado el tiempo. La cara de orgullo de tu madre cuando te dan un premio. Mirar la nieve a través de la ventana. Quitarse los zapatos cuando llegas a casa. Ver el atardecer perfecto mientras vuelves a casa en coche. Una buena noticia en el informativo. Que susurren tu nombre en tu oído. Cocinar un postre una tarde lluviosa. Un abrazo de tus padres aunque ya seas adulta. Ese café improvisado a media tarde que acaba en copas y risas de madrugada. Un reencuentro inesperado. El plan de sofá, peli y mantita. Un viaje en tren con la única compañía de un buen libro...hay infinitas cosas, aunque a veces las olvidamos y hay que hacer un verdadero ejercicio de reflexión para confirmar que son las que hacen que la vida valga la pena y decidamos no renunciar a ninguna de ellas el próximo año.

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