El Correo de Burgos

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SUPONGO que como la opinión es libre y cada uno tenemos la nuestra, normalmente tendemos a pensar que, de no coincidir con la mía, la equivocada es la de los demás. Puede que fuera ese mi erróneo planteamiento cuando ayer, escuchando el balance que Mariano Rajoy hacía de 2014, me dio por pensar que se equivocaba al afirmar que su pronóstico de que 2014 iba a ser un buen año se había cumplido ‘con creces’.

Yo me he sentado estos días a hacer balance de cómo ha acabado en Miranda el año y lo primero que se me ha venido a la cabeza es la extinción de casi 200 contratos de Montefibre que se ha hecho efectiva hace unos días, el despido de varios trabajadores en empresas de mayor o menor calado, el descenso en la población derivado de la emigración a otros lugares en busca de empleo, los numerosos ERE con los que nos hemos desayunado semana sí, semana también, el aumento en el número de familias que recurren al centro de reparto de alimentos, o el del número de beneficiarios de la renta garantizada de ciudadanía, o que se haya disparado la pobreza energética y multiplicado el número de desahucios…

Hablaba el presidente de mejoras en el empleo y yo, me van a perdonar, no soy capaz de verlas. Si bien es cierto que ha descendido el número de desempleados en las listas del Ecyl, el empleo de calidad empieza a ser poco más que una leyenda urbana de la que hablan con nostalgia nuestros mayores. Habló también de mejorar la situación económica, pero a casi todos nos sigue sobrando mes a final de sueldo.

También argumentó, así como de soslayo, que las arcas del Estado habían aumentado porque se había mejorado en la efectividad del cobro de tributos, que sin duda es la causa principal de su desinfle, que no hay que buscar en todas las manos que se han metido en la caja, por supuesto.

El balance que yo hago de 2014 no tiene mucho que ver con el que ayer escuché en boca del presidente. Así que, cuando aseguró que 2015 será el año del «despegue de la economía» y que podría ser incluso «muy buen año» si se mantienen las condiciones favorables, recé en silencio para ser yo la equivocada y desearle mejor suerte en su pronóstico esta vez.

Porque en el fondo soy optimista y una romanticota y, además de propósitos de año nuevo, también cierro los ojos en momentos importantes y pido deseos. Y en la noche del 31 me tomaré las uvas rogando que el año que entra sea mejor que el que despedimos; que mejore el empleo –en cantidad y, sobre todo, en calidad-; que mejore la economía, pero no la grande, sino la pequeña, la de casa, la que todos entendemos; y sobre todo, desearé que no cierren más empresas y que ningún mirandés más se quede sin trabajo, que eso sí que sería un «muy buen año» 2015.

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