El Correo de Burgos

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De todas las de Madrid, la que más le gustaba era la calle Limón. En esa taberna cercana al Centro Cultural Conde Duque, donde luego pasaría muchos ratos, se sintió como en casa. Acababa de llegar, no le había dado tiempo a sacudirse las gallinas de encima -cree que nunca consiguió deshacerse de su cacareo-, y se apuntó a la salida de sus compañeras de la residencia. Ese sitio la enganchó desde el minuto uno, y no solo porque se pudiera tomar una copa de vino Balbás, que pagaban a cojón de pato, sino porque allí lo conoció a él. Fue una noche traicionera de marzo. Se presumía primaveral y acabó siendo más invernal que las de enero. El local estaba lleno y el roce fue irremediable. Nunca se la olvidaría su olor ni su tacto, tan suave, tan sensual. Rezó muchas noches por volver a encontrarse con él y sus súplicas fueron atendidas. Se toparon de nuevo otras noches, algunas tuvo que contentarse con verlo desde lejos, cada uno en una punta de la barra, otras alcanzó a acariciarlo y contadas fueron las que apenas llegó a vislumbrarlo cuando abandonaba el bar. Pasó ese año en muchas calles, en muchos bares y, sobre todo, en esa facultad gris en la que un día se quedó encerrada en la cafetería. ¡Qué cabeza! Las buenas temperaturas de Madrid la relegaron al armario mucho antes de lo que hubiera ansiado. ¡Qué rabia! Al año siguiente, las cosas no empezaron bien. El frío tardó en llegar y pronto tuvo que competir con otra más llamativa, más joven, más suave, más todo que ella. Pensó que la iba a dar el invierno. Finalmente, la cosa no fue para tanto. Las noches seguían siendo suyas. Después de mucho tiempo sin atisbarlo, tanto que casi se había olvidado de él, lo vio, otra vez en la calle Limón. Había envejecido, no guardaba la suavidad de la temporada anterior, pero su olor era inconfundible, seguía sin arrugas, se notaba que le cuidaban bien, y mantenía el tipo de un madurito interesante. Pronto la rutina se acomodó entre ellos. Estuvieron así un tiempo. Luego las salidas se espaciaron, cada vez más, hasta que un inicio de curso no volvió a Madrid. La condenaron al fondo del armario y el olor antipolillas la persiguió hasta Ártica, la casa donde Ponten Pie recibía a todos los abrigos tras su último suspiro y extraía su hilo memoria. El suyo lo enfocaba a él aquella bulliciosa y bendita madrugada en la que el vino bailó en las copas hasta derramarse sobre ambos. Disculpas, intentos de limpieza y una larga madrugada. ¡Jamás había soñado que pudiera pasar! Tampoco que terminaría en tragedia.

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