El Correo de Burgos

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De vez en cuando hay que dejar de mirar al mundo exterior que es el que nos rodea y condiciona inexorablemente. Del que nunca podremos escapar y al que siempre apuntamos como culpable cuando nuestras limitaciones nos hacen sentir impotentes. El mal bailador echa la culpa al tablado y de alguna manera hacemos lo mismo cuando nuestros errores o indisposiciones nos dejan fuera de juego. Pocas veces nos miramos hacia adentro y aunque la columna de hoy lleve tinte nostálgico, cierto es que somos como somos por dentro del pellejo. Un mundo interior en el que es difícil ahondar y entrever, puesto que está amurallado con la armadura que vestimos cada día. Alguna vez, delante del espejo hay que preguntarse si somos los que parecemos o lo que damos a ver a los demás. La mayor parte, un espejismo de nuestro mundo interior. Un papelón que representamos en la rutina diaria e imagen, la mayor parte de las veces, distinta a lo que somos. Hay gente que demuestra su sana naturaleza cuando te mira a los ojos y ríe a bocajarro o cuando se enfada sin contención. La que se queda a gusto después de reír o llorar. Porque hasta para esto último hay que tener valentía y no sentir vergüenza cuando los asaltan las lágrimas. Por emoción, rabia o dolor. Sin duda, esa mirada hacia el interior de la que hablo, sin que parezca que estoy alucinado o filosofando, pasa por ser varias cosas a la vez y saborearlas a tiempo. Alguna vez se es hijo y luego hermano. Otras, se es amigo. Alguna vez se es padre y hay quien tiene la suerte de ser nieto y abuelo. Estas dos últimas, para nota. Quien escribe no tuvo la suerte de hablar con sus abuelos, padres de mis padres. Y de ellos tengo señas que llegan desde el baúl de fotografías ajadas en blanco y negro. Si algún día llegamos a ser abuelos, en manos del destino está este privilegio, nuestros nietos serán nuevos hijos a los que consentiremos caprichos imperdonables. Pero hay un estadio de la vida donde conviven a la vez condiciones que si no se saben ordenar en la escala de valores, pueden chocar como icebergs a la deriva. Ser hijo, padre y hermano a la vez, resulta precioso, pero en qué medida hay que repartir el sentimiento y el justo equilibro. Quizás sea cuestión de prioridad o lo que algunos llaman, ley de vida. Llegado el domingo ha de irse a comer donde los padres, con tus hijos, puesto que de esa manera te sientes hijo también. El sábado ha de vaguearse en casa de uno con tu chavales, si los tienes, y si vienen los suegros, mejor. Así te sientes, padre. Entre semana hay que charlar de vez en cuando con las cuñadas porque de eso depende el sentirte, hermano. Uno es, muchos a la vez.

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