El Correo de Burgos

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Menos mal, quedan unas horas de carnaval que nos dejen hacer alguna pequeña locura, que es de lo que se trata. La predisposición a disfrazarse es precisamente el antídoto para arrancar la careta que llevamos puesta todo el año. Dejar que salga el interior contenido y reprimido que no atrevemos a mostrar a los demás. Por eso tenemos que disfrazarlo. Seguramente en estas fechas, quien va por la calle bajo la piel de cordero, cuenta que es buena persona y siente que antes o después le llevarán al matadero. Quien adorna su cabeza con una peluca de rizos verdes y se pinta la cara, quiere decir que está hasta el moño de aguantar la etiqueta del traje que lleva en la oficina, o cuando se afeita a diario. Mil máscaras y mil caretas para mil y una noches de sueños sin historias que explicar a nadie. Gran tristeza esconde el día a día y qué poco dura este carnaval en una ciudad jodidamente fría como la nuestra. Gracias a quienes hacen de este paréntesis una fiesta, en Burgos cada año se nota un poco más. Todo está permitido o casi todo. Hay licencia para insultar a los que mandan, aunque les duela, con retintín de comparsas, murgas y chirigotas. Reyes, condes y feudales han dejado siempre estos pocos días, para que sus lacayos desahoguen la amargura de sentirse sumisos. Ha sido la dosis justa para evitar revueltas y algarabías de ciudadanos cuando se enfadan. Lo cierto, que el carnaval ha de durar mucho más de lo que nos prestan para ello, porque estamos con necesidad de sacar la ira contenida. Hecho de retales de telas viejas nos cosemos el traje de arlequín, símbolo del pobre que todos llevamos dentro. De los triángulos multicolores sale la expresividad y la viveza que sumado a una guitarra, inspira a Juan Gris para uno de sus mejores cuadros. Somos rufianes y malévolos reprimidos. Pícaros y duendes contenidos. Ladronzuelos de palacio que por cobardes no atrevemos a meter la mano en el festín de los señores. Jugamos un papel entre la vida es sueño y la comedia del arte. Calderón y Arlecchino el italiano, quizás se conocieron. No es la nuestra, ciudad para desnudarse por las calles ni dentro de los despachos. Lugar difícil donde nadar y guardar la ropa. Con qué poco se nos contenta y deja apaciguados. Bien saben que a la chusma hay que dejarla bocear una vez al año para luego agarrarla por los huevos y tirar de ellos con las leyes escritas por leguleyos y corregidores. Lástima la cobardía que nos atenaza, se vuelva locura y haga quemar palacios, inunde las calles de bajeza y la chusma apunte con el dedo.

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