El Correo de Burgos

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SIR FRANCIS BACON subrayaba hace ya cuatro siglos el valor de tener «vieja madera para arder, viejo vino para beber, viejos amigos en quien confiar y viejos autores para leer». Ni me atrevo ni tengo la osadía de infravalorar el hipnotizante sonido de ese crepitar, el carnoso sabor de cualquiera de esos caldos, o la sabiduría hecha letras, presas en su cárcel de papel, de los Clásicos. Pero mis líneas visten hoy los nombres de los Viejos Amigos. La mejor compañía para caminar. La mano que me sostiene cuando la tormenta me hace zozobrar. Quienes me levantan antes incluso de que haya llegado a caer.

Los Viejos Amigos son un refugio que cuida por igual nuestras sonrisas y lágrimas. Supieron de nuestras más notables virtudes, pero también conocieron nuestros más incorregibles y furiosos defectos. En su mano estuvo la decisión de alejarse de nuestro lado, pero se quedaron. Y sin pedir nada a cambio. Razón privilegiada para dárselo todo. Por esto, quiero hoy darles las Gracias y hacerles saber que si yo no me fui, es que ya no me iré nunca. No haré una lista de nombres (salvo para Felicitar a los que soplaron una vela más hace no mucho: Ángel, Gonzalo, Juan, Javier, Luis Miguel, Juan Carlos...) pero sí me permitiré la concesión de robarles una sonrisa mientras leen estas palabras. A veces no decir nada es decirlo todo, y ese es uno de los lenguajes favoritos de los Viejos Amigos.

Conversaciones en las que me habría quedado a vivir, recuerdos imborrables o en exceso borrosos, momentos que, en soledad, no habrían valido la fugacidad de un suspiro. Pero las Viejas Amistades tienen poderes que van más allá de la magia. Hacen de la desesperación una insospechada calma, saben de consejos que para ellas mismas jamás habrían sido capaces de aventurar, entienden que el silencio y las miradas se convierten en el mejor idioma cuando las palabras no tienen ni siquiera el peso del tiempo que se gasta en pronunciarlas.

La cicatriz que queda en el corazón cuando uno de ellos, para siempre, se va, solo mitiga su dolor cuando lo comparte con otros Viejos Amigos más. Para vosotros, y para ti, Álvaro, que antes de leerme me escuchas pensar, son estas letras. Porque sólo necesito, para envejecer, Viejos Amigos de Verdad.

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