El Correo de Burgos

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NO ES QUE sea yo precisamente Jon Nieve defendiendo El Muro más allá de Invernalia, pero sí que es cierto que me gusta más el frío que el calor. Es una cuestión meramente fisiológica. Vamos, que me pone mala. Porque yo, por encima de 25º me aplano, las altas temperaturas me atontan y me derriten las pocas neuronas que me quedan a estas alturas de partido. Así que imaginarán ustedes lo contenta que estoy con este tsunami de olas de calor que llevamos arrastrando desde hace semanas y que tiene fritos (nunca mejor dicho) incluso a los defensores del buen tiempo, con los que, durante los primeros días discutía porque estaban ‘encantados’, pero a los que ya empiezo a oír quejarse, «que lo poco gusta y lo mucho cansa», dicen, los salaos. No queríais calor, pues tomad dos tazas.

Y es que esto de decir que odias el calor o el frío es como lo de los perros y los gatos, que hay dos bandos y cada uno se mantiene en el suyo, inamovible, discutiendo siempre con el otro sobre si nuestra elección es mejor que la de los demás y lo muchísimo que odiamos la contraria. Porque mira que nos gusta decir que odiamos algo con todas nuestras fuerzas. Yo, por ejemplo, siempre digo que odio el calor, aunque el pobre no me ha hecho nada, al menos de manera consciente. Pero lo odio. Y mucho. Eso sí, lo odio sólo cuando estoy trabajando, porque tumbada a la sombra en la hamaca de una playa caribeña y con un daikiri, igual no lo odiaba tanto, fíjate. El caso es que como estoy trabajando y no en una playa del Caribe, ni visos de que ello vaya a producirse en el medio plazo, tendrán que seguir ustedes siendo víctimas de mis quejas.

Pero como buena detractora del calor, lo que odio aún más es a esa gente de memoria frágil que, ateridos de frío en pleno enero se quejan de que «este tiempo no es normal, con lo malo que hizo en julio, es que este año no ha habido verano». Da igual si en julio llegamos a 40º varios días. Da igual que vivamos en la provincia de Burgos donde bien es sabido que hasta en el mejor de los casos tú sacas una chaquetita «por si refresca por la tarde». Da igual si la persona en cuestión pasó medio verano en el Puerto de Santamaría y no tiene ni idea del parte meteorológico local. El caso es decir en invierno que el verano pasado fue un fiasco descomunal. Así que, sólo puedo agradecerle a la larguísima ola de calor que estamos (en mi caso) padeciendo, que sirva para mantener en su memoria estas temperaturas. Porque al primero que me haga ese comentario este invierno, le recordaré estos días y después le pediré que, si quiere calor, que vuelva a meter la boquita bajo la bufanda. Con mucha amabilidad, eso sí, que otra cosa que odio son las malas maneras.

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