Es un problema de todos
FRASES COMO ‘yo no consentiría un maltrato’ que luego a la hora de la verdad se convierten en ‘los celos son una prueba de amor’ denotan que si bien somos conscientes de la existencia de una lacra social como la violencia de género, mantenemos mitos en torno al enamoramiento muy arraigados en nuestro interior, fruto de la educación y los roles asignados por la sociedad. Una actitud que se constata en los adolescentes que hoy tienen entre 14 y 19 años, protagonistas del estudio que se publican en las páginas de esta misma edición.
Cada vez más jóvenes son capaces de detectar actitudes de violencia y control excesivo en una pareja, por lo que el balance puede tener una visión positiva en un cambio de tendencia en cuanto que las nuevas generaciones rechazan estos comportamientos. Sin embargo a la hora de analizar diferentes situaciones son incapaces de asumir que ciertas actitudes son señales de futuras agresiones físicas o psíquicas. El hecho de que el 55% de ellos consideren que el maltratador lo es porque está bajo la influencia del alcohol o está loco; que el 71% considere que no hay más casos sino que se publican más; o que todavía hay un 10% que crea que la agresión sexual dentro de la pareja no es algo muy grave solo puede hacernos saltar las alarmas de que algo se está haciendo mal en la sociedad.
Y no podemos echarnos la culpa unos a otros porque somos todos. Desde los padres hasta las administraciones y los propios medios televisivos.
Si asumimos que los niños de pequeños son como esponjas y les apuntamos a idiomas, danzas, fútbol y mil historias extraescolares más para que aprendan esos conocimientos que a nosotros tanto nos costaron de adultos desde edad temprana para que interioricen las enseñanzas, podemos aplicar la misma idea a comportamientos violentos. Si los niños escuchan gritos en sus casas, observan faltas de respeto, violencia física... cuando llegue a mayores reproducirán los mimos patrones aprehendidos. Si educam,os en la desigualdad, no verán a su igual como tal.
En la escuela llegan ya con parte de esos patrones y el propio lenguaje de la sociedad y del aula nos llevan a patrones sexistas. Las administraciones tampoco hacen sus deberes y la justicia, cuando hay que recurrir a ella, tampoco está a la latura. Es un problema de todos y el cambio debe empezar por uno mismo.