El Correo de Burgos

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HAN PASADO casi 40 años, 37 para ser más exactos. Tal día como hoy los ciudadanos aprobaban en referéndum la Carta Magna. Coincidencias de la historia, casi cuatro décadas después nos hallamos inmersos en una campaña electoral para elegir a aquellos que dirigirán el barco a puerto los próximos cuatro años.

Pero las diferencias entre aquellos comicios y éstos son palpables y entre ambos hay todo un abismo. Entonces, aquél 6 de diciembre de 1978, acudir a los colegios electorales fue una auténtica fiesta de la Democracia. El 87,78% daba el sí a una Constitución que pretendía cerrar las heridas abiertas durante tantos años de dictadura. Los más longevos recordaban la última vez que habían votado con plena libertad y los jóvenes portaban además de su papeleta, la ilusión de saber que estaban viviendo un cambio histórico y que formaban parte de él. Familias enteras hacían pacientemente cola hasta que les llegara su turno para, los que podían, introducir su papeleta en la urna.

Treinta y siete años después, la política ha desencantado a los ciudadanos y la gente acude también a esta fiesta de la democracia cumpliendo con un derecho y una obligación, pero la abstención ha ido abriendo esa brecha de desencanto y la ilusión de entonces se ha tornado en cierto escepticismo. Y hoy ganar un voto es tarea ardua para los partidos.

Un desencanto que a lo largo de los años también ha salpicado a la Carta Magna. Porque entonces cada uno de los artículos que se redactaron tenían sentido para esa España que se desprendía de cuatro décadas de sumisión y silencio. Hoy nuestra Constitución necesita un vestido nuevo, pero nadie parece querer llevarla a la modista para que le confeccione los arreglos necesarios, alguno de ellos de gran envergadura, para que se adecúe a la realidad de nuestra sociedad.

Celebramos 37 años de su existencia. Aún recuerdo cuando conmemorábamos su mayoría de edad y ya entonces a mí, que aún tenía menos conocimiento que hoy, ya me parecía que nuestro texto necesitaba algún que otro retoque. Pero la convivencia primaba por encima de una reforma que ya algunos reclamaban.

Hoy es casi una necesidad, hasta ella misma lo pide porque sabe que nuestra realidad ha cambiado y porque ya no quiere llevar el mismo vestido. Pero a ella, como a mí, le da terror quién quiera remodelar su ropa interior. En su cumpleaños, debemos pensar en el bienestar de todos y mudarla con cabeza. Mientras tanto, seguiremos celebrando que hace casi cuatro décadas la ilusión nos hizo libres.

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