La verdad sin máscara
No emplearé estas líneas a detallar la historia del burgalés enmascarado. Si lo sabe, perfecto. Si no, teclee esas dos palabras en el buscador y contemple. Cuatro jóvenes se lanzaban a la aventura de poner a prueba a una parte de la sociedad local. Una máscara deforme, fotos nocturnas en espacios reconocibles de la ciudad publicadas con una frecuencia medida y crípticos mensajes en una cuenta de Twitter lo hacían posible. La reacción asusta.
Los impulsores de esta idea a caballo entre performance y experimento relatan en YouTube, sin desvelar su identidad, las motivaciones del proyecto y comparten sus conclusiones. Escucharlo lleva apenas 14 minutos y descubre la cara B de la naturaleza humana. Y es que el temor que suscitaba aquel ser prendió las redes sociales y, sin prueba alguna de lo que se le achacaba más allá de rumores, engendró una respuesta muy violenta, con amenazas de muerte incluidas que dejaron de ser broma cuando comenzó a circular entre la imagen de un chico al que le atribuían todas las maldades del enmascarado.
Los verdaderos padres de la criatura decidieron parar. Temían que el señalado sufriera alguna agresión sin tener nada que ver. Los que seguimos con escepticismo y curiosidad la jugada lo comprendimos, asustados como estábamos por la reacción de muchos ante un peligro que no era tal, dibujada por leyendas urbanas que corrían como la pólvora: «Ha aparecido en Villímar y ha amenazado con un cuchillo a unos chavales». «Quiere matar». «Es de extrema derecha». «Es de extrema izquierda». «Yo lo he visto». Nada de eso era cierto pero qué más daba. El miedo es libre y Twitter, un altavoz demasiado potente al que hay quien otorga una autoridad que no tiene.
Me quedo con una frase del vídeo que desvela la verdad: «Si cuatro jóvenes con unas fotos y unos mensajes conseguimos esta paranoia general, qué no harán los políticos o las grandes empresas que tienen gabinetes de comunicación dedicados a esto». Y esto significa manipular para «que hagamos, pensemos o votemos lo que quieren». No por rudimentario el ejemplo del burgalés enmascarado deja de ser clarificador. El caso denota carencias sociales graves y constata una violencia latente -especialmente entre los jóvenes, ‘víctimas’ mayoritarias de la ‘broma’- muy preocupante.
No sé si que este vídeo explicativo salga a la luz antes de las inminentes elecciones es casual, me da que no y lo aplaudo. Puede que sirva para que alguien se pare a pensar si «somos esclavos de la incultura colectiva», si lo que nos cuentan es cierto o si, por el contrario, todo son máscaras. La mera reflexión ya sería una victoria de este singular antihéroe que no quiso serlo.