El Correo de Burgos

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AÚNCON la resaca de la Nochevieja y ultimando el roscón de Reyes, damos los primeros pasos de este año recién nacido. Por delante 363 días (ya hemos vivido tres de este 2016 bisiesto) para cumplir con los buenos propósitos que nos marcamos con la última campanada del reloj de la Puerta del Sol y que, casi siempre, son los mismos que los de años anteriores. Pocos logramos acudir al gimnasio con frecuencia a lo largo del año; ni tampoco apagar fumar el último cigarrillo y empezar una vida sana libre de humo en nuestros pulmones, pese a que la razón nos impulse a ello, por salud y por economía.

El 31 de diciembre de este recién estrenado año volveremos a felicitar y desear todo lo mejor a aquellas personas con las que nos comprometimos doce meses antes en quedar más a menudo y retomar esas tardes de tertulias con un café en la mano. Son tantas y tan buenas las intenciones que muchas veces se quedan sólo en eso, meras intenciones que procuramos cumplir con toda nuestra buena fe. Pero las circunstancias de la vida, el ritmo frenético al que nos hemos acostumbrado, las excusas a las que recurrimos cuando se constata que pasan los meses y no somos capaces de llevar a cabo nuestros propósitos de inicio de año pueden más que los deseos escritos en nuestra mente a golpe de sorbos de champán y uvas de la suerte.

Y por eso, no pretendo en estas primeras líneas del año 2016 rememorar la lista guardada en el cajón del olvido con los buenos propósitos para este año bisiesto. Día a día; semana a semana; mes a mes; las hojas del calendario irán cayendo como las estaciones pasando y ya veremos si para las próximas campanadas ustedes y yo hemos sabido o podido cumplir con nuestras pequeñas metas personales de principios de año.

De momento, y utilizando el símil deportivo de ‘partido a partido’, afrontaré el roscón de Reyes, con nata, a ‘palo seco’, con chocolate o con chantillí... tan variado se ha vuelto el mercado. Colocaré el zapato a la espera de que los reyes magos sí cumplan con lo prometido y solicitado. Previamente les regalaré su turrón y su copita de cava y agua o leche para los camellos, por ver si así les animo a estos repartidores de ilusiones, la larga noche de trabajo. Y mientras, brindaré desde el fondo de mi corazón por aquél rey mago que desde mi más tierna infancia colmó mis deseos e ilusiones, siempre con la compañía de su reina. Y esperaré a que pase 2016, cumpliendo poco a poco el mayor deseo y propósito para este bisiesto, aunque sea difícil de cumplir. ¡Felices reyes, feliz año!

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