Despropósitos
PREPARADOS. Suenan los cuartos. Esperad. Ahora. Una, dos, tres... Doce. Besos por doquier. Cava. Un día es un día. Supersticiones. Por si acaso. Ahí está. El primer minuto de la primera hora del primer día del primer año del resto de nuestras vidas. Hay quien celebra, los más afortunados, aunque no siempre sean conscientes. Hay quien sufre, por una ausencia, por la distancia... Pero todos concebimos ese tránsito como una nueva oportunidad. Así ocurrió el año pasado también.
Miro a mi alrededor, que es amplio cuando el centro de gravedad no recae en el ombligo propio, y anoto. Es tiempo de hacer listas. Ahí va la mía. Buena parte del mundo sufre. La ambición alimenta guerras y las muertes no cesan. La miseria existe. Y el hambre. Millones de personas han tenido que huir con lo puesto y el recuerdo de una vida normal reducida a escombros. El resto del planeta mira a otro lado.
La política es noticia. La actualidad internacional es tensa y hay reuniones de alto nivel para solventar conflictos en auge. La nacional, por su parte, bulle. Todos los representantes de la ciudadanía, ese ente informe, afirman querer lo mejor para su país y, con suficiencia, venden su fórmula mágica para triunfar y erradicar dramas patrios de todo pelaje, desde el paro, hasta el atuendo de los Reyes Magos. Y el tono no cambia. La audiencia marca las agendas recién estrenadas. No hay marcha atrás. Y Twitter se eleva a boletín oficial. ¿Dialo... qué? Tú resume en 140 caracteres y da a enviar.
La situación local no está exenta de emociones. Acuerdos que no se cumplen, políticos que se aferran a su silla contra viento y marea, obras fuera de plazo, inversiones europeas por cazar y lamentos por la actitud ajena. También aquí todos piensan en el bien común, claro. La ciudad debe estar por encima de las personas, se espetan los unos a los otros, convencidos de que su pronunciación es la ‘buena’.
Así arranca el año, aderezado con las mismas diatribas futbolísticas de siempre, esas que cierran informativos plagados de muertas víctimas de sus maridos, que a su vez comparten programación con famosos de medio pelo que cruzan aullidos y jóvenes que coronan su mortal cuerpo, por que creen que es lo que vale.
Esa es mi lista. La de los despropósitos a eliminar. La que, apuesto, servirá el año que viene por estas fechas. Igual que la otra. Si me equivoco, ojalá, tendría más sentido que nunca la sonrisa para despedir el pasado y recibir un nuevo día, un nuevo año, un nuevo futuro. Pero claro, igual que la gimnasia no se hace sola habrá que empezar a trabajar para cantar bingo. O quizá todo esto sea una excusa enrevesada para no dejar de fumar. Con todo, la apuesta está hecha. Espero perderla.