El Correo de Burgos

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YA SE SABE, donde se nace, se pace. Es así que a veces me pregunto qué es lo que tiene ésta ciudad que me atrae tanto. Espero que sea atracción y no devoción u otra cosa por la que seguimos en ella. Entre atraer y atrapar sólo hay un fino hilo de seda que a veces confunde los sentidos. Burgos tiene el tamaño de pueblo grande o capital pequeña, con menos de doscientos mil almas que se cruzan a diario. En ocasiones echo en falta veinticinco mil paisanos más para sentirme diluido sin que nadie te conozca. Nada trascendente sucede aquí sin que el vecino de enfrente lo sepa o que estés en boca de unos cuantos. Chascarrillos de ciudad donde las voces de taberna se alzan y crean bulos, mitos y leyendas. Sabemos que hay tabús de los que no se puede hablar. Creemos en brujas y males de ojo. En la buena y mala suerte. Esto solo pasa en sitios pequeños como en el que vivimos. Si tu negocio aguanta y va bien, entras en los círculos de opinión e influencia que ponen rostro a la gente, eso sí, arrastrados por la vanidad que a todos nos tienta. Pero si caes en el fracaso pequeño o grande, la ciudad te recuerda como un apestado, sin opción a la segunda oportunidad. Esto pasa porque nos conocemos demasiado, por nombre y apellidos. Paseamos por los mismos rincones, bebemos en las mismas fuentes y confesamos en los mismos altares. Para todo esto, Burgos es un cuchillo de doble filo que nos observa, premia y condena a la vez. Si lo mismo fuese en el Madrid de los Austrias o en la Barcelona monumental, el pillo se esconde mejor, el pobre levanta antes la cabeza y el triunfador sigue su juego sin ser catalogado. Pero, como dije, donde se nace, se pace. Al margen de estas historias de pequeña ciudad que se diluye entre barrios y pueblos cercanos, tenemos de casi todo. Para bien. Llegamos al trabajo en un santiamén y si nos olvidamos algo en casa, es cuestión de quince minutos. No es necesario enterrarnos en el metro ni en las colas de Castellana o Diagonal. El día y la noche suman veinticuatro horas en lugar de veintidós como a Tres Cantos y Lavapiés. Un buen hospital que ha costado un riñón, donde hace calor. Nos faltan más carreras para que nuestros hijos aprendan desde casa y la cartera lo agradezca. En oferta cultural, vamos mejorando aunque para zarzuela, a Calle Jovellanos cerca del Paseo del Prado. A tiro de piedra. Tenemos el Arlanzón donde podemos mojarnos los pies como en los arroyos, que ya lo quisiera Bilbao para sí. En seguridad ciudadana, pasamos el corte con nota alta. Está claro, que no nos falte de ná.

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