Jugar con la poesía
Queridos amigos. Estamos empezando un intercambio colectivo, constructivo y esperamos que estimulante. Es una cosa de una vez. Hemos elegido a aquellos que pensamos que querrán hacerlo y lo harán divertidos… El pasado 30 de marzo me llegó un correo electrónico con este texto como inicio. Me lo remitía una artista plástica de la ciudad. Me gustó la propuesta, aunque tuviera que leerla dos veces para enterarme bien de ella. Se trataba de mandar un poema que te haya afectado en tiempos difíciles a la primera de las dos direcciones que salían en el mensaje, mover la que aparecía en segundo lugar al primero y poner la tuya en la segunda antes de remitírselo a veinte personas y continuar la cadena. Lo hice. Elegí un poema de Miguel Hernández: Tristes guerras / si no es amor la empresa. / Tristes, tristes. // Tristes armas / si no son las palabras./ Tristes, tristes. // Tristes hombres / si no mueren de amores. / Tristes, tristes. Versos de altura para un señor de altura. Ese mismo día, recibí el mismo mail de un pintor burgalés. Curiosamente, debía dirigirme de nuevo al mismo señor de altura. Nevaba esa mañana y copié una estrofa de Luis García Montero: La nieve no comprende, nunca espera / los ojos del que mira. / Impasible y perfecta cae como un murmullo / en la ciudad de la memoria…
Durante los diez días siguientes, empezaron a llegar poemas. Unos, de gente desconocida. Otros, de viejos o nuevos conocidos. Al placer por descubrir versos de variopintos autores -James Joyce, Eugenio de Andrade, San Juan de la Cruz, Pablo Neruda, Luis Alberto de Cuenca, Alfonsina Storni, Claudio Rodríguez, Gabriel García Márquez, Calderón de la Barca, don Gregorio Espiritrompa, Max Ehrmann…- se sumó el de imaginar quién se encontraría detrás de esos remitentes a los que no ponía cara y qué escondían detrás de su elección. Marta Elena me pareció aventurera y presta a coger la mochila para buscar su propia Ítaca. Con estos rasgos también visualizaba a Leticia, Y que la negra muerte te quite lo bailado, una disfrutona de la vida sin miedo al qué dirán. Con fe en el carpe diem y un tanto canalla retrato a Francisco Javier. Más despistada me tiene Yolanda, que se declara alma desnuda en estos versos, y también Beatriz. Ayer mismo, en blanco el asunto y ninguna pista de ser una jugadora poética, me cayó su reveladora aportación: No conozco la clave del éxito, pero sé que la clave del fracaso es tratar de complacer a todo el mundo.
No sé dónde está el origen de esta cadena, desconozco si tiene algún fin más allá de jugar con la poesía, pero a mí me ha complacido. Mi buzón (almudenacultura@gmail.com) sigue ávido de versos.