El Correo de Burgos

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CUATRO semanas son las que quedan, pase lo que pase después. Y será rápido, porque en junio los días son largos y el tiempo vuela como las cigüeñas que anidan en nuestros campanarios. Hasta ellas están preocupadas por lo que pueda ser y por ello, tengan que cambiar su calendario de regreso a África. Otra vez, Populares, Socialistas, Podemitas y Ciudadanos intentan rebañar el plato con las pocas sobras que han quedado después de la boda gitana. Ya está todo hablado y difícilmente nos sorprenderán con nuevas ideas e intenciones de última hora. La suerte está echada y todo dependerá del sol que caliente ese día. Si algo tienen claro, estos grupos y el resto, no meterse en camisas de once varas y entrar en temas tabú que pillan los dedos. Burgos sigue en esa encrucijada de caminos con la que se nos llena la boca y poco aprovechamos. Ciudad de la luz que se alumbra con energía que mueve el viento y hasta hace poco más de tres años, una central nuclear que ni sabíamos que existía hasta que de ella empezó a hablarse. Garoña tiene la fuerza de un millón de calderas de vapor y como una olla a presión, duerme anestesiada con el dardo que le dispararon cuando menos lo esperaba. Se hace el silencio cuando sale su nombre. El temor a la termo fusión es tan grande como el del braguetazo político y electoralista sin argumentos cuando dice, si o no. Y más en estos momentos donde todos se la juegan. La electricidad viaja a la velocidad de la luz por los cables trenzados de acero, cobre y aluminio. En un chasquido de dedos, desde el valle do Tobalina se dispara por la red nacional y en Málaga madrugan con nuestros electrones burgaleses. La energía, alguien dijo, ni se crea ni se destruye, se trasforma y si en realidad es así, que transforme en riqueza nuestra dolida provincia y capital. Tener una central nuclear bajo nuestros colchones es razón suficiente como para reivindicar a Papá Estado, y en esto no vale Nuclenor, que revierta por el coste de implantación histórica, el beneficio directo para quien se lo merece. Energía gratis para nuestra industria. De nada sirve regalar terreno industrial. Ese cuento llega tarde. Si algo hay que la industria busque como el oro, es la energía barata. El contador de riqueza que mide el progreso, lo hace en unidades de energía per cápita. A más energía consumida, más desarrollo y bienestar, salvo honrosas excepciones de eremitas, estilitas y progres guays. Ojalá veamos algún día, la mejor central nuclear de Europa, en nuestra tierra, sobre los cimientos de la vieja dormida. Como una vez sucedió cuando las catedrales góticas se refundaban sobre la traza de iglesias en ruinas.

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