De vacaciones
CON EL MERECIDO descanso a las puertas, y los sentidos nublados de ganas, se revela más que ardua la tarea de compartir cualquier reflexión en este espacio. Espero al menos que ese sea el motivo del aturdimiento. Si no, será la apatía y eso me parece grave. Tendría, sin embargo, lógica que así fuera porque la actualidad me aburre, lo confieso.
Leo y veo noticias y al momento me imagino en una de esas atracciones de feria para niños pequeños: llenas de luces, dibujos un tanto siniestros, canciones infantiles a todo volumen aderezadas con sonidos de las mil y una sirenas que los menudos conductores activan sin cesar durante su viaje. Suben, bajan, giran, ponen cara de velocidad, se emocionan y saludan. Y en realidad se mueven a un ritmo constante, bastante lento por cierto, para acabar parados en el mismo lugar, exactamente el mismo, del que partían apenas tres minutos antes.
Que a mis hijos esa experiencia les parezca toda una aventura (cara, eso sí, aunque ellos no lo saben) es comprensible. Pero a cualquiera con más de 10 años le da la risa solo de pensarlo. Pues así me siento yo -cual adulto atado a una barraca de las descritas- al asomarme a los titulares de cada día ya sean locales, nacionales e internacionales. Me cansan y al mismo tiempo me sorprende el jugo que sacan de ellos tertulianos que siempre encuentran el matiz de turno para llenar horas y horas de debates que nutran las charlas de barra de bar, esas que nos atrapan desde que existen tales establecimientos.
Vivimos -y sí, soy consciente de mi propio bucle- tiempos extraños de demasiados ruidos y ninguna nuez.
Declaraciones grandilocuentes de todo pelaje nos prometen un futuro mejor que si no llega será culpa de otro, por supuesto. La miseria se ha convertido en un espectáculo al que nos hemos acostumbrado, como ese pato Donald deforme que vigila la barraca mientras todos nos empeñamos en elevar nuestro parecer para que suene más que el del otro, bocinas que juntas solo entonan ruido.
Y lo hacemos sin darnos cuenta de que nos movemos en un circulo tan vicioso como establecido, sin salirnos del itinerario marcado por el mismo que conduce todos los vehículos que le abarrotan y además hace caja vendiendo fichas a ilusos que, además, se creen los amos de la pista.
O puede que nada de esto tenga sentido y esté acusando mis dos visitas recientes al maravilloso mundo de diversión y algodón de azúcar que ha acampado durante estos días festivos a la orilla del río Vena, ubicación por cierto cuestionada en bucle. Eso o que tras escribir el punto final de este texto empiezan mis vacaciones.