El Correo de Burgos

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Tuvo que pasar en los 70 y en la América de los americanos, para que a partir de entonces se abriese la veda. Ahora, algunos políticos se caen del árbol como los gorriones torraos al sol. Escuchar a través de las paredes, secretos inconfesables en la alcoba vecina por la noche, entre susurros y pasos descalzos que terminan en la ducha, tiene perdón porque es mundano. Todos sufrimos tentaciones en lo humano y lo divino en nuestro día a día. En lo profesional, en lo personal, en lo más oscuro de nuestro interior, duerme un pequeño demonio que es mejor no despertar. Ese Satán anda suelo y serpentea desde que arrancó en el palacio Watergate de Nixon, envenenando a Bill Clinton con la juventud de la Lewinsky. Antaño muy gorda tenía que ser la avería para que un político dimitiese para redimir su pena, sin embargo y afortunadamente, de pocos años acá, renuncian a su cargo por faltas ya no solo graves, sino leves y que ponen en tela de juicio su honestidad. Serlo y parecerlo es lo mismo. Un político ha de ser ejemplar en el desarrollo de las funciones que nos representan y cuidadoso con algunos compromisos de doble filo. Cualquier decisión que preste ventaja a alguien en perjuicio de otros, ya sean muchos o pocos, les hace cruzar esa línea de no retorno. Todo baile prohibido a nosotros ha de estar prohibido también para ellos. Las mismas reglas del juego han de ser para todos y en especial, para nuestros representantes. Las mismas leyes y los mismos jueces que nos juzgan y castigan, han de serlo para nuestros representantes. Pero esto, sabemos que no es así. Una copa de más, hace dimitir a la Vicepresidenta de nuestra Junta de Castilla y León, Rosa Valdeón. Valiente decisión y obligada a la vez. Sin embargo, otros con muchos más motivos y olor a sospecha, se agarran a sus escaños como a un clavo ardiendo. Digamos que se ha puesto el listón muy alto y a partir de este momento, van a caer torres muy altas que cimentaron sobre el barro de las influencias y los favores indirectos. Cualquier alcalde y concejal de cualquier ciudad o pueblo. Cualquier presidente de institución pública. El que más y el que menos esconde el guante blanco en su fondo de reptiles. Quizás sueñen que en cualquier momento alguien les saque esto y aquello a la luz. La factura de un viaje casi olvidado, la fotografía indiscreta, la cerilla que prendió la mecha. Ojalá se termine para siempre con esa generación de políticos mediocres que hacen de ello, una profesión. Muchos ya estarán poniendo sus barbas, a remojar.

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