El Correo de Burgos

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SERÁ LA EDAD, o quizá solo el agotamiento, que me anula la sesera. Será que es cierto que con el paso del tiempo la vida te atrapa. Sea lo que sea hoy me planto aquí y casi sin pudor os deseo, de todo corazón, un feliz nuevo año -esperen, que hay más- cargadito, de paso, de empatía. Contengan la sonrisa. Empatía, dice, qué salada, pensarán algunos con cierta conmiseración, los más resabiados. Otros asentirán y el resto, ni muchos ni pocos de los que han llegado hasta aquí, fruncirán el ceño. ¿Empatía? Ya estamos con esas palabras pomposas sin chicha, gruñirán los desabridos. ¿Empatía? ¿Qué quiere decir empatía? Se preguntarán los inquietos. Pues a todos os digo, la empatía es, amigos, la madre del cordero.

Si alguna conclusión me ha dejado 2016 es la que os acabo de revelar, de regalo de Reyes tardío, como si fuera una tía de Albacete que se hace de rogar. Porque la empatía -capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos o, en resumen, de ponerse en el pellejo del otro- es la solución a buena parte de los problemas que azotan esta selva en la que habitamos. Estoy segura.

Si eres de los que trata de contener las lágrimas de vergüenza e indignación cuando la televisión te escupe a la cara las imágenes de refugiados hacinados, sabes de lo que te hablo. Si en tu trabajo, el que sea; tratas al de enfrente como te gustaría que te tratarán a ti, no te cuento nada nuevo; si en tus decisiones como gestor -público o privado- pesa el impacto que tendrán en terceros por encima de la rentabilidad de cualquier tipo (económica, de promoción personal, electoral...) levanta la mano, porque no se te ve, y choca.

¿Y qué cambia con eso?, mascullarán los más duros de pelar. Pues todo, presumo. Y si me equivoco, pediré perdón cuando alguien me muestre la evidencia, palabrita. Solo hace falta probar e invertir apenas una parte del esfuerzo que hoy se dirige a impulsar bondades como la competitividad o el emprendimiento, ‘lobos’ disfrazados de cordero que precisamente inoculan cierta resistencia a mi venerada empatía. Coloquémonos pues los zapatos del de al lado -y no me sean literales, háganme el favor- antes de tomar cada una de las mil decisiones que respiramos a diario. Algunas serán nimias, otras -sobre todo las de mis lectores más poderosos- pueden marcar la diferencia. Y así, 2017 podría ser un año memorable. ¿Y si probamos?

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