El Correo de Burgos

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En el 91 hice uno de mis primeros proyectos como arquitecto, diseñando una tienda de trajes de novias en Calle Progreso. Pequeño local, pequeña fachada con mucho fondo y un sótano canecido de humedad. Tomé medidas como el leonés Martín Villa, vicepresidente y ministro del interior en tiempos de Suarez. Croquis acotado al mejor de los estilos que me enseño el viejo y sabio profesor, Jesús del Cerro incluso con triangulación. El antiguo propietario fue el último artesano que reparaba y ponía a punto, máquinas de escribir de aquellas que aún funcionan con impulso mecánico. Como las que conocimos cuando fuimos chavales con sonido, “ tap, tap, tap”. El viejo orfebre me contó que aquella que guardaba en el estante del rincón le traía recuerdos amargos. Se le resistió y nunca consiguió que la erre funcionase. En esa Hispano Olivetti con un carro de 55 centímetros se metía papel contínuo que en el ejército servía para escribir lo excepcional. Esta máquina entonces, sería como ahora una impresora digital 3D donde se reproducía la verdad de las cosas, de otra manera. Me la llevé con nocturnidad y alevosía, con su permiso. Hoy es un trofeo que está sobre la misa de uno de mis despachos. Las medidas pusieron apodo al ministro al que recordaremos como, el Sastre. Tiempos en los que la banda terrorista ETA crecía exponencialmente y rompía el corazón de un País a contrapelo. Fueron años en los que todos escuchábamos las bombas del País Vasco, más en Madrid que allí. Tiempos en los que nos juramos que llegaría un día de justicia y paz en el que los asesinos hincarían la rodilla. Ese momento está aquí sin que la justicia ni las fuerzas policiales hayan rematado su trabajo. ETA se despide y entrega las pocas armas oxidadas en zulos, reconociendo of de record, que han sido los 10 años de crisis quienes han terminado con ella. Ahora queda el trueque de presos a cambio de votos vascos, que estabilicen un país en vías de desarrollo, como antaño. Rajoy ha mirado para otro lado y el dolor de las familias y de la gente de bien que imaginó que existiría castigo, tendrá que acomodarse con el paso del tiempo. Mi máquina de escribir me habla a diario del Proceso de Burgos en el Consejo de Guerra contra 16 militantes de ETA, porque lo escribió ella en la sala de justicia del Gobierno Militar durante seis días. Con cinta de tres colores, en rojo los nombres y direcciones, en azul las acusaciones y en negro el contexto jurídico del régimen de Franco. Ya da igual todo, pero sus teclas redondas y negras, de vez en cuando, me lo recuerdan.

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