Un cuento cidiano
SU CONDICIÓN de personaje inmortal acabaría matándole. No salía de una y ya estaba enfangado en otra. ¿No había sido su vida siempre un poco así? ¿De batalla en batalla? Y, ¡qué demonios!, reconocía que eso era lo que a él, como dicen esos barbudos limpitos que vivían en el piso de arriba, le ponía. Rodrigo siempre se había adaptado bien a los tiempos. Había vuelto a luchar siempre que fue menester, se reconvirtió en hombre ilustrado cuando la sociedad así lo requiso y desde hace tiempo era un simple vecino del quinto en la ciudad de la que salió desterrado siglos ha. Le encantaba que se hablara de él. Alardeaba de una fabulosa pericia para rastrear su nombre en las redes sociales y entre manos tenía una estrategia para intensificar esa presencia. Jamás imaginó que pudiera existir algo tan magno como internet. Esa sí que era una buena conquista. Y aunque le gustaba ver qué se decía de él, las mil y una teorías sobre su verdadera personalidad, si todo era una gran mentira o una verdad a medias, confesaba que nada era comparable a verse a diario en esa pedazo de escultura que sus paisanos habían levantado en la plaza que llevaba su nombre. ‘¡Qué barbas, qué piernas, qué manera de cabalgar, qué porte, qué tiarrón…!’, se quedaba solo piropeándose y solo se callaba cuando, de reojo, veía como Jimena asentía resignada. Ese monumento se resistió. ¡Válgame Dios! ¡Pero si pasaron años, e incluso décadas, hasta su erección! Ninguna gracia le hizo la demora. Sí se rio, y mucho, con el novelón de la Tizona. Había ido alguna vez a verla al Museo de Burgos. ¿De dónde sacarían que él blandió dicha arma? En fin, ahí estaba. Si servía para recordarle… De un tiempo a esta parte andaba intrigado con lo que contaría el centro de interpretación sobre su persona que quería construir el Ayuntamiento. A él todo lo que fuera engrandecer su figura le parecía más que bien. Pero desenvainaría una espada sin dilación si alguien osaba entorpecer lo más mínimo las maravillosas vistas que el mirador de la calle Fernán González brindaba de la Catedral, por mucho que la imponente belleza del templo siempre le hiciera sombra.