El Correo de Burgos

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ME QUEDA UNA SEMANA para pillar un mes de vacaciones (póngase el emoticono de la flamenca, el de los aplausos, la carita con las manos arriba, la de los ojos convertidos en dos corazones, la de la sonrisa de oreja a oreja e incluso la del monito tapándose los ojos de ‘no me lo puedo creer’). Me encanta mi trabajo (periódico enrollado), aunque estoy segura de que no lo voy a echar nada de menos (jeta que llora de alegría con los ojos achinados). Odio escribir columnas de opinión (rostro compungido). Estaba decidida a recrearme en el Sonorama (pentagrama con la clave de sol repetida hasta el infinito y más), intentar hacerme la graciosilla contando cómo me vi el jueves por la noche con los pollos en la mano tras cruzar el pórtico del recinto ferial, con tanta sofisticación, tanta grandiosidad, tanto de todo (faz con los ojos bien abiertos de sorpresa) o sumarme a la ola de piropos a este festival que se ha mantenido veinte años y que destila un buenrollismo que te lo comerías a besos (corazones a cascoporro y semblante vuelto del revés). Pensé que sería socorrido tirar de los libros que meteré en la maleta (volumen abierto) y hablar de que estoy deseando empezar Tierra de campos, de David Trueba, que compré en la última Feria del Libro y he reservado hasta ahora, o que cuento los días para que llegue el 12 de septiembre y hacerme con Los pacientes del doctor García, la cuarta entrega de los Episodios Nacionales de Almudena Grandes (pónganse aquí tres flamenquitas y tres cucuruchos de confetis al cielo). Hace unas semanas -la columna me martiriza desde que termino la última hasta la siguiente con la fecha bien marcada en el calendario-, se me cruzó por la cabeza aplaudir las atractivas propuestas teatrales que se despliegan en la capital y que permiten descubrir nuevos personajes tan curiosos y excéntricos como el General Centeno o acercarse a la historia desde otra perspectiva e incluso riéndose de uno mismo como hace Burgati en el Castillo (máscaras de artes escénicas). Pero una cosa es pensar y otra ponerse a escribir (reloj de arena cuando los granos aún están pasando de un compartimento a otro).

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