Nuestras reglas
BARCELONA HA SUFRIDO como ciudad catalana y española en uno de los atentados más crueles de los últimos años. Por desgracia no será el último que nos retuerza. Hace pocas horas, las Ramblas que todos hemos paseado, son la ruleta rusa que nos espera alguna vez. Desde luego, nos vienen a la cabeza, ráfagas de intuición y sinrazón. Rabia y miedo. Nos hacemos preguntas. Unas acerca del por qué. Otras, por qué en Barcelona. Queda claro que tenía que ser en el paseo de los paseos. El más colorista y bañado de gente de todo el mundo. Gaudí llora. Te preguntas si esta sangre servirá para curar heridas de carne y cicatrizar otras de territorios. Abrirá aún más la brecha entre la madre España y la hija catalana. De momento, parece que se han alineado los representantes políticos de aquí y de allá. Solidaridad dicen, ante todo. Sin embargo, sabemos que otra cosa no pueden hacer que cerrar filas juntos con discursos parecidos que llaman a la unidad, a la convivencia y respeto. Ojalá, esta masacre sin sentido sirva para que muchos radicales, algunos de guante blanco, sientan la necesidad de la unión frente a la ruptura. Los lobos atacan corderos alejados del rebaño. Buscan sitios de fractura y desunión. Contaminan y marcan el territorio. En unas semanas, nadie recordará lo que ha pasado hace horas y la rutina será la que siga con el discurso de una Cataluña que se va y la patria que se queda. El lector audaz habrá llegado a pensar que el ejército puede estar a punto de entrar en la Barceloneta para proteger en un posible Nivel 5 antiterrorista. Quedarse allí meses, como símbolo de la fuerza española en el lugar donde se la humilla. Ojalá no sea necesario nuestro ejército, nunca más, y para nada, pero al paso que vienen estas historias, posiblemente. La discusión se queda muy corta, en términos de bolardos que pudieron ser y no fueron. Es el reconocimiento de las raíces, algunas envenenadas, de esta cultura andalusí, tan diferente a la nuestra. Se queda corta también en clave de reconquista milenaria. Es el hambre que asoma sus dientes a la ventana de la red y olfatea nuestras neveras llenas. Nuestros hospitales limpios. Nuestras escuelas de lápices y tiza. Nuestras mujeres morenas. Sin querer hemos abierto la puerta con honesta generosidad que ahora tiene que discriminar entre el bien y el mal, sin cortar por lo sano. Sin tabula rasa, pero con mucha cabeza. Son tiempos raros que se nos vienen encima donde discutimos por territorios que no tienen fronteras. Conocen nuestras debilidades y nuestras reglas.