El Correo de Burgos

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LA PAREJA encontró el auditorio sin muchos problemas. Había algarabía en la entrada. Él lo observaba todo. Ella solo lo miraba a él. Más con ojos de vigilancia que de embeleso. Hicieron la cola, cruzaron las puertas de aquel flamante edificio. ¡Había cambiado tanto su ciudad! Dejó el abrigo en el ropero y no pudo reprimir un silbido de admiración al entrar en la sala. Con una emoción desconocida ocupó su butaca. Le resultaba extraño asistir al estreno de una de sus obras sin que nadie lo reconociera. Distinguía quién era quién por lo ojeado en la prensa desde que dieran luz verde a su petición. Creyó distinguir a algunos políticos, escritores, músicos, escultores, profesores y hasta vislumbró a quienes estaban grabando un documental sobre su vida (ojalá no le pillara de misión el estreno en enero). A pesar de la mirada asesina de su carabina (temían que descubriera su identidad), preguntó a su compañero de fila quién era la persona que se había referido a su ópera como un obrón y esperaba que algún coliseo español o europeo se interesara por ella. Supo que era el presidente de la Orquesta Sinfónica de Burgos. Sintió no poder darle las gracias, a él, al director... y a Alejandro Yagüe, el compositor que había terminado su orquestación. Nunca le gustó que metieran mano en sus partituras, pero tampoco los largos días de encierro ni las balas que lo tumbaron en esa embarrada fosa y lo callaron para siempre. Superó una segunda mirada asesina cuando, en el descanso, se levantó y quiso escuchar los comentarios, echarse un cigarro -que no pudo ser-, palpar el ambiente. Le hubiera encantado compartir ese momento con su hermano Julio y sus amigos Antonio Pardo (¡Fatal destino compartido!); Consuelito Mediavilla, su querida cara de pito (¡Sus cartas habían aliviado tanto sus penurias en prisión!); Matías Martínez y José Luis Monteverde (¡Cuánto les agradecía todo lo que hicieron, aunque sin éxito, por sacarle del inmundo penal!); las hermanas Emilia y Concha Sidar, que, como integrantes del Orfeón Burgalés, habrían enloquecido con la velada; Carlos Santamaría y Saturnino Calvo (¡Cuánta camaradería entre rejas!). Quizás no hubiera llegado a tiempo Honorio Martínez, siempre embarcado por esos lejanos mares. Todos juntos habrían disfrutado mucho de esa noche de estreno. Hacía tiempo que había superado cualquier tipo de nostalgia, pero, de repente, Antonio José pidió su abrigo y abandonó el Fórum sin saber si encontraría la puerta que le llevaría al Ministerio del Tiempo y sin escuchar la ovación final que mereció la primera representación de El mozo de mulas.

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