Secretos de película
¿QUÉ PASARÍA si esta noche propusiéramos el juego que lanza Perfectos desconocidos, de Álex de la Iglesia? ¿Provocaría el mismo vendaval que en la película? Alguien sacó el tema hace una semana en una cena. Y otro alguien se envalentonó (y no habíamos bebido ni el primer vino) y dejó su teléfono encima de la mesa. Le siguió otro. Y el que estaba a su lado se animó. Lo propio hizo el de su derecha y ningún problema tuvo el siguiente, que se había quedado sin batería. Los dos que faltaban acabaron junto al resto después de muchos regañadientes e incluso amenazas de abandonar la merienda sin haber empezado siquiera con el jamón y el queso. ¿De qué tenían miedo? Sus reticencias ilusionaron al resto. Ahí había tomate. La cena continuó con los móviles ocupando su sitio entre tortillas de patatas, empanadas y viandas varias. Pasaron los minutos y no sonó ni un triste chiste en el imprescindible grupo de Familia del WhatsApp. Después de un tiempo inicial más pendientes del teléfono que del plato, el murmullo se hizo creciente, comenzamos a hablar de los nuevos recortes en la empresa de uno, de la pobre iluminación navideña del barrio, del misterio de la fecha de boda de los otros… Hasta que se oyó un pitido. Más de un vuelco al corazón sí nos llevamos y la dueña del aparato se puso roja. Silencio. Mensaje de WhatsApp. ‘El niño ya se ha dormido’ y dos caritas con los ojos cerrados y las cetas sobre su cabeza. Decepción. Llegaron los postres y los móviles seguían hibernando. Cantamos el cumpleaños feliz, corrió el champán y otra alarma apagó la jarana. ‘Conecte su cargador’, leyó en voz alta alguien que había arrebatado el terminal al dueño que lo había agarrado raudo al sentir la vibración. La madrugada vino y cada uno recogió su teléfono aliviado. Porque, aunque todo fueron risas, siempre hubo un ojo mirando al dichoso aparato. Y es que tan importante se ha vuelto en nuestras vidas que pocos secretos tenemos para él y si te descuidas te traiciona, aunque no lleves una vida de cine.