Sanchinarro
Con la perspectiva de la edad, las cosas se tiñen de color distinto y siempre he dicho que no miramos lo mismo cuando tenemos treinta años, que cuando cuarenta, que cuando cincuenta y vete a saber, a los sesenta. De década en década escalamos los peldaños de la escalera que el destino nos tiene asignados. A estas alturas de curso, hemos vivido suficiente como para tener un juicio de valor gracias al montón de notas que hemos tomado, los que somos de la quinta del sesenta y uno. Buena hornada que nos libró por los pelos del hambre que pasaron nuestras madres y padres cuando contaban lo de las cartillas de racionamiento de una guerra civil entre hermanos. Al recreo en el patio nos obligaban a beber leche fría que rompía los dientes, de la Central Lechera Burgalesa CELEBUSA, casi recién ordeñada para que no nos quedáramos chaparros en estatura, porque el General Franco en su dictar quiso que la nueva generación de posguerra, creciese esos centímetros que nos delataban cuando nuestros periodistas y ministros siempre de apellido García, se codeaban con americanos y europeos. Porque la talla y la buena percha siempre han sido la mejor tarjeta de presentación. No hay nada más que mirar el buen porte de nuestro Rey que le saca unos dedos por encima de la cabeza a Pedro Sanchez, presidente del Gobierno que sufrimos cada dia. Mi ojo clínico como arquitecto pone edad a los edificios que derribamos para construir otros nuevos o para ser rehabilitados. Las viejas puertas de entrada a las viviendas tenían las mirillas quince centímetros más bajas que las que ponemos ahora. La altura de lavabos y encimeras de cocina, estaban muy por debajo de las actuales. Afortunadamente, los españoles somos casi tan altos como nórdicos o irlandeses bien amamantados. Pero las estadísticas se escriben con letra fría y vienen a decir que en España, las españolas en edad de ser madres y los españoles en edad de ser padres, en edad de merecer como antes se decía, emparejados o en cualquiera de las combinaciones binarias posibles, han reculado a la hora de prodigarse en hijos. La natalidad que viene de la palabra nata, está por los suelos porque las parejas prefieren perros que perrean y gatos que ronronean, frente al llanto nocturno y desconsolado de un lactante. La pirámide poblacional casi se ha dado la vuelta y apoya en su vértice picudo. Las pensiones puede que las paguen los bancos porque no se sabe muy bien qué generación trabajará para los que vamos camino de ser, jubiletas. Pero un soplo de aire fresco ha rozado mi cara este fin de semana, decenas de carritos jané con niños pequeños inundaban en Madrid, el Corte Inglés de Sanchinarro.