El Correo de Burgos

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Vivimos un tiempo extraño. El Congreso de los Diputados, en un gesto más ideológico que científico, ha dado luz verde a una norma que criminaliza la prudencia clínica: hasta dos años de cárcel y la pérdida de la patria potestad para quienes —padres o profesionales— opten por acompañar desde la evaluación psicológica a un menor que declare ser trans, en lugar de afirmarlo de inmediato.

Han votado a favor: PSOE, Sumar, ERC, Bildu, PNV, BNG… y el PP.

Se invoca como justificación la erradicación de las llamadas ‘terapias de conversión’, vestigios oscuros de otro tiempo en que se pretendía corregir la orientación sexual mediante tratamientos coercitivos. Hoy tales prácticas están fuera del marco académico hace muchas décadas, descartadas tanto ética como científicamente.

Pero el legislador ha hecho trampas con las palabras: bajo ese término de apariencia infame, se cuela ahora toda intervención clínica que no sea afirmativa («afirmativa» quiere decir que si un joven de 16 años se levanta de la cama diciendo que es mujer y que se quiere amputar y hormonar, nada le podrá parar). Es el juego del trilero de los políticos: se señala la bola mientras se oculta el truco.

Lo que esta ley impone es la suspensión del pensamiento clínico. En las más de sesenta facultades de Psicología que hay en España, se enseña que evaluar no es un acto de sospecha, sino de respeto por la complejidad de la mente humana. La evolución psicológica no es oponerse, sino comprender. Y, sin embargo, esta norma nos dice: no evalúes nada, no cuestiones, no acompañes y afirma a ciegas lo que dice el menor, y calla. O te arriesgas a prisión.

¿Qué hacemos con un adolescente que, en una confusión súbita, declara querer hormonarse, amputarse, desaparecer del cuerpo en que ha habitado hasta ayer? ¿Y si sufre un delirio y lo confundimos con una disforia de inicio rápido?

El gesto clínico más elemental y prudente —decir: «espera un poco»— se convierte en delito.

Este es el delirio colectivo del que nadie quiere hablar: hemos convertido el malestar en identidad, y la afirmación individualista en dogma. El sujeto se autodiagnóstica, y nosotros debemos obedecer. La medicina, una vez más, queda fuera. Y con ella, el sentido.

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