Así es el refugio de Cáritas para personas sin hogar
La Unidad de Mínima Exigencia para personas sin hogar suma 14 usuarios en un mes. Reabría a comienzos de noviembre, hasta abril de 2025. El año pasado casi la mitad de los que pernoctaron en las instalaciones iniciaron un proceso de mejora de sus condiciones de vida

David Polo, coordinador del programa de Personas Sin Hogar de Cáritas Burgos, en las dependencias de la Unidad de Mínima Exigencia.
Ocho camas se esconden en los muebles litera dispuestos en la estancia. Algún retazo de las colchas asoma por sus rendijas y da fe de su uso reciente. Sillones, mesas, algún juego de mesa y un futbolín completan la estampa y convierten este rincón en el refugio que busca ser para aquellos que, sin más pretensión, necesitan un rincón en el que pasar la fría noche burgalesa. Porque ese es, sencillamente, el objetivo fundamental con el que nació allá por 2011 la Unidad de Mínima Exigencia (UME). Financiado por el Ayuntamiento de Burgos vía subvención y gestionado por Cáritas como complemento al albergue para personas sin hogar que opera un par de plantas más arriba, en su misma sede de la calle San Francisco, este recurso abría de nuevo sus puertas a comienzos del pasado mes de noviembre. Así permanecerán durante los seis meses en los que las temperaturas nocturnas pueden desplomarse en la ciudad, como alternativa a portales o cajeros, para todos aquellos que como único requisito se comprometan a dejar fuera por unas horas consumos de drogas o alcohol o comportamientos agresivos.
Hasta catorce personas han ocupado las camas mencionadas en lo que va de temporada. 24 lo hicieron en la pasada, que culminaba en abril de este mismo año. Y de aquellas, pese a no ser la meta principal de este servicio, casi la mitad partía, tras su estancia, «a otros destinos que mejoran su situación social». Pequeños pasos que suponen aferrarse a la mano tendida que entraña, por definición, la UME. «Estamos para acoger y eso implica muchas veces escuchar. De esta forma y sin tirar mucho de la cuerda, porque ese no es el propósito, se pueden generar vínculos que en ocasiones nos permiten acercarnos más, romper la coraza con la que todos llegan y plantearles alternativas», explica el coordinador del programa de Personas Sin Hogar de Cáritas Burgos, David Polo.
Insiste, no obstante, en que este no es el propósito, pero celebra cada ocasión en la que esta mera guarida sirve además como trampolín hacia una vida mejor. Porque no siempre ocurre, aunque todos ven cubiertas sus necesidades básicas y reciben información, orientación y asesoramiento sobre como iniciar un proceso de recuperación. No es tarea fácil, la casuística que lleva a las personas sin hogar a serlo es compleja y en ocasiones contiene dificultades añadidas como adicciones o problemas de salud mental.
Los datos recabados por este recurso en cuestión lo evidencian. Del total de casos atendidos en los cuatro primeros meses de 2024, el 46% presentaba «consumos activos» -lo que rebaja la creencia general de que esto ocurre en gran medida, según subraya Polo- y un 33% padecía alguna patología psicológica o psiquiátrica. Además, el 21% tienen discapacidad y dos más estaban al término de la temporada pendientes de valoración. «Esto es, de hecho, un ejemplo de para qué sirve también este espacio, pues nos permite detectar enfermedades y problemas, en definitiva poner nombre, lo que puede facilitar emprender una nueva vida», añade.
La UME comenzaba a funcionar en 2011 tras un fatídico invierno en el que varias personas fallecían en la calle a causa de una intensa ola de frío. Afloró entonces una gran sensibilidad que permitió activar este espacio destinado a «situaciones de grave exclusión social cronificadas». De los cinco meses de apertura iniciales, hace apenas un par de años se pasaba a los seis actuales. Incluso se llegaba a valorar la posibilidad de mantenerlo de forma permanente, opción pendiente de «análisis profundo» pues supondría destinar a este fin recursos que, quizá, deban enfocarse en otras áreas que aporten un sostén a medio y largo plazo, como «el derecho a acceder a una vivienda digna, a un hogar».
De vuelta a la realidad que dibujan las cifras, Polo explica que en los últimos años ha aumentado la demanda de este recurso -que se consolida en torno a la treintena cada año- que y ha cambiado el perfil de los beneficiarios. De lo primero tienen la culpa las crisis acumuladas en la última década, desde la económica que estallaba en 2010, hasta la de incertidumbre global de hoy en día «que trasciende las fronteras de Burgos y de España», pasando, claro, por la pandemia y sus efectos aún vigentes.
La edad media de los que dan el paso ronda los 45, siendo el grupo de entre 25 y 29 años el más numeroso, con seis personas el año pasado y 4 de entre 40 y 44. El resto, hasta llegar a 24, se distribuyen de forma desigual.
Por nacionalidades, del total 9 eran españoles. He ahí otro cambio, «pues antes casi todos eran autóctonos, si no de nacimiento, sí de vida», precisa Polo. Los que no, llegaron la mayoría de Medio Oriente (13) y otros dos de distintos lugares de Europa.
El reparto difiere, pero poco, este año. De los 14 usuarios acumulados en apenas un mes 7 son de España y de ellos hasta 5 de Burgos, 4 de Medio Oriente y 3 de Sudamérica.
En ambos casos la inmensa mayoría son varones, con solo dos mujeres tanto en la temporada anterior como en la actual, hasta la fecha.
Los ya citados problemas de vivienda, la precarización de los empleos y el aumento de la población migrante se reflejan en la realidad de quienes se animan a reposar en los colchones dispuestos a tal fin.
«La decisión es suya. La libertad de la persona es fundamental y no podemos jugar a ser dioses, no podemos obligar a nadie porque se perdería la esencia de nuestro objetivo», recuerda el coordinador del programa del que este recurso forma parte, junto con otros alojamientos de carácter temporal, centro de día o el equipo de Café y calor, iniciativa que recorre la ciudad para acercar una charla y una bebida templada a quienes duermen en la calle.
El profundo conocimiento de esta realidad quienes llevan año tras estos servicios motiva un llamamiento al conjunto de la sociedad que David Polo no se resiste a lanzar siempre que tiene ocasión: «Pedimos comprensión. Las personas sin hogar portan una mochila muy pesada y, a diferencia de los demás, carecen de una red que les ayude a vaciarla o, sencillamente, a sobrellevarla. ¿Eso quiere decir que no haya que exigirles? Para nada, de eso nos encargamos nosotros, pero tratando de tú a tú, sin estigma y sin odio», apostilla.