«Si cuando montas en autobús te juegas la vida, acabas quedándote en casa»
Una marcha simbólica desde el CREER hasta la estación de buses de Burgos pone de manifiesto la necesidad de favorecer la accesibilidad y reducir la inseguridad en el transporte público

Protesta en la estación de autobuses de Burgos en defensa de un transporte digno y seguro para las personas con discapacidad.
¿Fallará el montacargas o la plataforma manual? ¿Acabaré cayendo de bruces contra el suelo si la velocidad en una curva no es la adecuada? Daniel Archilla se lo pregunta prácticamente a diario. Cruza los dedos cada vez que coge un autobús interurbano, ya sea para desplazarse hasta Alcalá de Henares, donde estudia, o a cualquier otro lugar. Le duele, como al resto de usuarios de sillas de ruedas, que no se respeten sus derechos y que la seguridad, por regla general, brille por su ausencia.
Daniel se montó este sábado en un nuevo autobús. En Burgos capital, desde el Centro de Referencia Estatal de Atención a Personas con Enfermedades Raras y sus Familias (CREER) hasta la estación de la calle Miranda. Un bus simbólico, de cartón pero muy real, con multitud de pasajeros a bordo. En primera fila, el científico y activista mirandés Dabiz Riaño, a quien la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) no le impide plantar cara a las injusticias. A su lado Raúl Aguirre, otro luchador incansable que padece el Síndrome de Lennox-Gastaut y que se apunta a un bombardeo. Y María Gironza, arquitecta especializada en accesibilidad y promotora del proyecto cultural Cazapeonzas.
Todos a una, con o sin diversidad funcional, sin que importe el asiento que cada cual ocupe. «No pedimos favores, solo que se cumpla el derecho a un transporte accesible para todas las personas», enfatizaba Gironza, una vez concluida la manifestación, tras una llamativa performance en la estación de autobuses. Una experiencia «emocionante» pero con un poso amargo, ya que «la gente miraba de forma distante».
«Esperanza siempre hay. Si no, seguiremos luchando». Para Archilla, bajar los brazos no es una opción. Menos aún tras llevarse algún que otro susto, como aquella vez en la que «el bus iba muy rápido y salí despedido contra las escaleras». Menos mal que solo sufrió un «chichón», pero no le gustaría que se repita.
Aguirre salió de la protesta «muy feliz». No las pasa canutas cada vez que utiliza el transporte público, pero la empatía forma parte de su ADN y siempre está dispuesto a embarcarse en cualquier acción reivindicativa. Lo que no pasa por alto es la necesidad de «pelear por los apoyos». Sobre todo por los asistentes personales porque «hay muy pocos». Pese a todo, cree que «vamos por muy buen camino» y lo único que pide es que «no nos corten las alas y nos tengan en cuenta».
La idea de realizar esta marcha surgió de Riaño. El pasado mes de diciembre, tenía que venir a Burgos y la furgoneta en la que se desplaza estaba estropeada. Llamó con una semana de antelación para reservar una plaza de bus accesible y «ya no quedaban». Por si fuera poco, solo había dos opciones disponibles: a las 7 a las 8 de la mañana.
«El transporte es una de las grandes vulneraciones de nuestro derecho a una vida digna», proclama antes de lamentar que «si cuando te montas en un autobús te juegas la vida, acabas quedándote en casa». Por eso mismo, Riaño no se pliega ante la «ilusión de la inclusión». Dicho de otra forma: «parece que todo funciona pero no es así». De ahí sus críticas a todos aquellos organismos que dicen representar a las personas con discapacidad y «no se mojan» porque «dependen de subvenciones públicas».
El problema reside en la escasez de «masa crítica». Sin embargo, este grupo tan resiliente seguirá unido para propugnar un cambio de mentalidad. Aunque sea poniéndose delante de un autobús, como en Burgos, justo a punto de salir de la estación.