«El ruido era exagerado. Pensé que eran tiros»
Las detonaciones de los neumáticos de los buses calcinados despertaron a los vecinos de la carretera Poza, que no podían creer el triste espectáculo al que asistían desde sus ventanas. «Pasé miedo», asegura Mariluz

Desolador estado en el que quedaban las cocheras de los autobuses urbanos tras el incendio.
Mariluz daba vueltas inquieta en la cama. Una noche más le costaba conciliar el sueño y, en la madrugada del martes, el calor lo complicaba todavía más. En tal pelea consigo misma estaba cuando comenzaron los «petardazos». Sobresaltada, pero tratando de aplicar la lógica, pensó primero en el camión de la basura como culpable de aquel «ruido exagerado» que se apoderaba de todo pasadas las dos. Lo descartó enseguida. No cuadraba. «Parecían las explosiones típicas de los fuegos artificiales», pero no había fiestas que lo justificaran ni la hora era la adecuada.
La angustia crecía al mismo ritmo que las detonaciones. «Llegué a pensar que eran tiros y me levanté. Pasé miedo», rememoraba esta vecina de la calle Córdoba, a la que la prudencia disuadió en un primer momento de subir la persiana: «Me acerqué hasta la terraza y entonces vi las llamas, enormes. Era tremendo».
El impacto la impulsó a despertar a su marido, «aunque tenía que madrugar bastante por trabajo». La situación lo merecía. El espectáculo dantesco que se abría ante sus ventanas, en primera línea, no dejaba lugar a dudas. El fuego se elevaba con fuerza desde la zona de las cocheras, acompañadas en todo momento de explosiones constantes que retumbaban en toda la calle. «Una detrás de otra», explicaba ya a última hora de la mañana. Un humo denso y oscuro comenzaba a extenderse por la zona.
El temor, entonces, fue a más. «Le decía a mi marido que si las llamas llegaban al depósito de combustible, íbamos a salir todos por los aires, y él, que conoce un poco cómo funcionan estas cosas porque se dedica al transporte, estaba de acuerdo», relataba, reviviendo la inquietud sentida en aquel momento.
La pronta aparición de los bomberos alivió relativamente la incertidumbre, dada la dimensión del incendio. Solo el progresivo cesar de las explosiones devolvía la calma al vecindario. No fueron pocos, además, los que entre tanto se animaron a bajar a la calle y se aproximaron al recinto para captar con sus cámaras el que podría ser uno de los momentos más impactantes de la historia reciente de la ciudad.
Burgos
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Natalia Escribano
Javier y Florentino optaron por grabar desde casa, un bloque ubicado tras el instituto próximo, con la suficiente altura como para ofrecer la secuencia completa del suceso. Los dos, como Mariluz, se enteraron por el ruido, pero, a diferencia de ella, se lanzaron a inmortalizar la causa del mismo, esas lenguas de fuego de más de seis metros que devoraron en apenas minutos las añejas instalaciones municipales. El segundo mostraba su vídeo en el mismo bar en el que Mariluz comentaba con su hijo Óscar la jugada, a escasos metros del lugar de los hechos, donde lo ocurrido era, lógicamente, la comidilla de la clientela. Con la paz que da, claro, la ausencia de víctimas y la seguridad de que, sin la rápida reacción de los servicios de emergencia, las cosas «podían haber sido mucho peor».
Con esa sensación sobrevolando en el ambiente, transcurría hoy la singular mañana en la zona. La normalidad (de un barrio marcado por la cercanía del polígono Burgos Este y el incesante trajín del centro educativo Diego Marín Aguilera, la residencia Santa Teresa de Jesús Jornet o el centro ocupacional El Cid) pugnaba por destacar sin acabar de lograrlo. No contribuían a ello ni la estampa, desde luego, posterior a la batalla, con los bomberos aún enfriando la zona y la Policía Científica desarrollando su crucial labor para determinar el origen del incendio, ni los corrillos de curiosos a lo largo de la valla, los de periodistas a la búsqueda de declaraciones e imágenes o los de los trabajadores, preocupados, que echaban horas en la misma puerta, algunos en estado de shock por lo ocurrido. «No sabemos qué va a pasar ahora», comentaban, antes de arrancarse, por tiempos, con un cruce de elucubraciones sobre las medidas a tomar a corto, medio y largo plazo para arreglar el desaguisado.
Saldrán de dudas, esperan, mañana, cuando está previsto que tenga lugar una reunión entre el comité de empresa y la dirección del Servicio de Movilidad y Transporte, tras los contactos iniciales de esta tarde entre los responsables, el equipo de Gobierno y otras áreas municipales.
Personal, por ejemplo, tendrá que determinar el impacto del desastre en la plantilla, integrada por unos 250 trabajadores, la mayoría con plaza fija y alrededor de una treintena de interinos. Cualquier escenario, no obstante, queda condicionado a la capacidad de mantener el servicio, en un momento en el que la falta de autobuses se presenta como el principal obstáculo. En este contexto, la posibilidad de un ERTE, aunque legalmente viable por causa de fuerza mayor, no parece estar sobre la mesa a corto plazo, con el Ayuntamiento centrado en buscar alternativas que permitan sostener la actividad.
A la espera de que los que tienen mando en plaza despejen las incógnitas, los trabajadores se pronunciaban en un comunicado para «agradecer la labor de los servicios de emergencia y la comprensión de los ciudadanos». «En estos momentos difíciles, la plantilla desea poner a disposición todos los medios humanos y profesionales necesarios para recuperar la prestación del servicio en el menor tiempo posible. Somos conscientes de la importancia que tiene el transporte público para la ciudad y para miles de usuarios que dependen de él diariamente», apostillaban.

Dos trabajadores contemplan los restos de dos buses alcanzados por las llamas.
El incendio de las cocheras municipales tuvo en vilo a toda la zona de la carretera Poza.

La estructura colapsó y cayó sobre buses aparcados fuera
El incendio de las cocheras municipales tuvo en vilo a toda la zona de la carretera Poza.

Los restos del derrumbe que siguió al incendio eran visibles en los alrededores
El incendio de las cocheras municipales tuvo en vilo a toda la zona de la carretera Poza.

La alcaldesa, Cristina Ayala, y el concejal César Barriada contemplan el interior de las cocheras