El flechazo de Arancha y Gustavo con un pequeño pueblo de Burgos de 40 habitantes
Tras catorce mudanzas, han encontrado en San Pedro Samuel la vida que buscaban. Hace unos meses compraron una casa de más de cien años que están reformando poco a poco. Aseguran que los vecinos les han acogido «con los brazos abiertos»

Gustavo y Arancha junto a su hijo Marco frente a la casa que han adquirido en San Pedro Samuel.
Aunque Arancha García y Gustavo Camacho comparten el orgullo de ser burgaleses, el destino quiso que sus caminos no se cruzaran de forma definitiva hasta mucho después de sus años universitarios en Burgos. En las aulas de la UBU, cada uno vivió su propia historia. Él se formaba como arqueólogo y ella enfocaba su futuro hacia las letras. La vida los llevó por rumbos distintos, con Gustavo explorando ciudades como Barcelona y Arancha alimentando una temprana vocación viajera que ya la había llevado a Suiza e India.
El reencuentro se produjo en 2009. Por aquel entonces, ella acababa de terminar un máster de español para extranjeros. Ambos decidieron unir sus vidas y, ante la falta de trabajo por una crisis económica que se había instaurado con fuerza en España, la pareja decidió emigrar a Belgrado. «Me contrataron como profesora de español y allí que nos fuimos», explica García. La experiencia en los Balcanes, «aunque maravillosa», se complicó al cabo de un año y decidieron que «era el momento de regresar».
El retorno a España no fue fácil, y es que «el panorama laboral del país era desolador y no había oportunidades», recuerda la burgalesa. Fieles a su espíritu nómada, decidieron meter de nuevo sus vidas en una maleta y poner, esta vez, rumbo a Polonia para trabajar como profesora de español en las secciones bilingües del Ministerio de Educación. Durante ese periplo europeo, la distancia les enseñó la «dureza de tener que buscarse la vida desde cero en el extranjero, pero también la satisfacción de ser capaz de salir adelante por ti mismo».
En Polonia lograron crear un círculo de amigos, pero «poco a poco todos fueron regresando a sus lugares de origen, por lo que perdimos nuestra red de apoyo». Cuando la salud del padre de Arancha flaqueó, la llamada de la familia y el deseo compartido de regresar a casa se hicieron inevitables. «Como suele decirse, aunque suene a tópico, como aquí no se vive en ninguna parte», asegura Arancha. A su regreso, el análisis de los años «fue agridulce». «Vimos muchos cambios en el país, algunos a mejor y otros a peor, pero volver siempre fue nuestro objetivo», añade.
Aquel año 2018 se instalaron en Peñaranda de Duero, el pueblo de la madre de Gustavo, huyendo de una capital que les ponía «las cosas muy difíciles para integrarse, especialmente por las trabas para alquilar, algo que es mucho más sencillo en el extranjero». Fueron tiempos de adaptación, pero «siempre hemos tenido mucha ilusión por lo que hacemos». Para los hijos de la pareja, Leo y Marco, el proceso también tuvo su complejidad. El mayor, de 23 años y fruto de una relación anterior de Arancha, «asumía su decimocuarta mudanza». El pequeño, que hablaba polaco e inglés, «soñaba con ir a Italia a vivir», recuerda la burgalesa entre risas.
Justo un mes antes de que estallara la pandemia, la familia se trasladó a Burgos capital. El confinamiento y la posterior etapa hasta finales de 2021 fueron «un momento complicado por no poder salir de casa», pero «tranquilo a nivel económico porque podíamos teletrabajar desde casa». Tras seis años en la capital, el deseo de encontrar una casa en el medio rural «se volvió nuestro objetivo», apunta la pareja. El empujón definitivo hace año y medio. «Decidí que no había tiempo que perder», apunta Arancha, quien asegura que «ir a vivir a San Pedro Samuel es lo mejor que he hecho en mi vida».
Así las cosas, iniciaron una intensa búsqueda de un año para dar con una vivienda que no fuera de obra nueva, sino una casa ya construida que pudieran rehabilitar con sus propias manos. La brújula apuntó a San Pedro Samuel, un pueblo donde ya tenían amigos. «Vimos un anuncio de venta y el flechazo fue inmediato».
El 1 de mayo de 2023 compraron una casa con más de cien años de historia y en junio ya estaban instalados y «con una reforma en marcha». Lo que terminó de conquistarlos fue «el enorme terreno que tenía esta casa y que era ideal para dar forma a nuestro sueño de tener una huerta».
Desde su llegada a la localidad burgalesa, la acogida vecinal «ha sido inmejorable». Gestos tan sencillos como el de «una vecina que se presentó en la puerta con una caja de huevos y ofreciéndonos ayuda para lo que necesitásemos nos demostró que estábamos en el sitio correcto». Para Gustavo, esta nueva etapa es un «lujo total» y una «forma activa de poner su grano de arena contra la despoblación».
La vida en el pueblo empieza a encajar para todos. El hijo mayor, ya independizado, «está deseando mudarse aquí con su pareja, que es veterinaria, y sueña con tener animales y levantar aquí una casita». Por su parte, el pequeño de la familia estudia Educación Secundaria en Burgos. «Poco a poco le ha cogido gusto a la libertad de la vida y, sobre todo, de los veranos de pueblo», apunta Arancha.
Repoblar el medio rural
Hoy, compaginando sus puestos como profesores asociados en la universidad y de Educación Secundaria, Arancha y Gustavo defienden con pasión la necesidad de repoblar de forma permanente. Para ellos, «los pueblos no deben ser meros decorados de fin de semana, sino espacios llenos de vida diaria».
Tienen claro que vivir en estos municipios ofrece «una calidad de vida y una perspectiva del mundo completamente diferente, donde las personas valen por lo que son y no por lo que tienen», y hacen hincapié en que para que existan servicios básicos en el medio rural «debe haber vecinos que lo habiten».
Aunque no son de hacer planes a largo plazo, llegaron a San Pedro Samuel con la firme intención de asentarse y ambos sienten que este pequeño pueblo de Burgos es el «lugar perfecto para echar raíces».