«Cuando voy a una iglesia, me centro más en el mensaje que en la calidad artística»
En su último libro, recién editado, el historiador burgalés Juan José Calzada analiza con detenimiento y pasión el legado barroco en la iglesia de San Juan de Castrojeriz

Juan José Calzada, junto a los jardines de la plaza Luis Martín Santos, con un ejemplar de su nuevo libro.
«Sarna con gusto no pica, aunque mortifica». Con 19 libros a sus espaldas, otros dos ya escritos y un nuevo encargo en marcha sobre la mesa, cualquiera diría que Juan José Calzada está jubilado. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Burgos (UBU) y docente vocacional en el colegio La Merced, deja claro de buenas a primeras que su interés por el patrimonio religioso va mucho más allá del plano meramente estético. «Cuando voy a una iglesia, me centro más en el mensaje que en la calidad artística», enfatiza, con conocimiento de causa, mientras desvela los entresijos de su última obra, bautizada como El barroco en San Juan de Castrojeriz: tapices, pinturas y esculturas.
Podría decirse, en cierto modo, que Calzada siempre estuvo en deuda con Castrojeriz. Allí nacieron su madre y su tía, criadas posteriormente en Pedrosa del Príncipe al quedar huérfanas a muy temprana edad. Cómo olvidar, además, el respaldo de su buen amigo Eduardo Francés. Compañero de promoción, «ha removido Roma con Santiago para que saliera el libro». Era de justicia, por lo tanto, que asumiese la redacción de un prólogo en el que aprovecha para agradecer el mimo y el rigor con el que su colega analiza el vasto legado del templo.
Otro aliado indispensable para que el proyecto fructificase fue Enrique Alonso, párroco de San Juan. Su labor como mecenas ha permitido la edición de 500 ejemplares ya disponibles en la iglesia protagonista, la de Santo Domingo y la Oficina de Turismo. Y Víctor Gómez Muñiz, colaborador necesario y de vital importancia para adentrarse en una obra que no oculta la pasión de su autor por las artes liberales y la influencia de grandes pensadores como Platón, Aristóteles, Sócrates o Ptolomeo.
Ahí reside, precisamente, la grandeza de los seis tapices flamencos que, sin duda, constituyen la joya de la corona. Dos del Trivium, ensalzando la gramática y la dialéctica; y tres del Quadrivium en representación de la aritmética, la música y la astronomía. Faltarían, por lo tanto, la retórica y la geometría. Pero están presentes, junto al resto, en una sexta pieza que refleja, desde el prisma excepcional de Cornelis Schut (discípulo del mismísimo Pedro Pablo Rubens), La Apoteosis de las artes liberales.
No se puede pasar por alto, ni de lejos, el expolio de Erik el Belga. Los tapices de Castrojeriz estuvieron en su punto de mira y no dudó en robarlos a principios de la década de los 80. «Una suerte que se pudiera recuperar este patrimonio», reflexiona Calzada, con alivio, a sabiendas de que «San Juan no sería lo mismo». Nada más decirlo, nos trasladamos de inmediato a la página 52 de El barroco en San Juan de Castrojeriz, donde el historiador pone el foco sobre la esquina inferior izquierda de La Apoteosis que el célebre ladrón entregó, a través de su abogado, a la Policía Nacional.
Más allá de los tapices, Calzada se detiene en dos pinturas de cobre que siguen la estela de Rubens. Por un lado, el triunfo de la Iglesia. Por otro, la exaltación de la cruz que reproduce con enorme fidelidad un tríptico del maestro flamenco guardado a buen recaudo en Amberes (Bélgica). Sin embargo, coincide con Francés en destacar una obra que le sorprendió gratamente. Se refiere, en concreto, a El Árbol de la Vida. O «el de la vanidad», tal y como se le conoce por la zona.
Provincia
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«El demonio está tentando a un cortesano y el clérigo le dice que no le haga caso. También están llamándole la atención Jesús y María, pero no les hace caso. Entonces, aparece el esqueleto de la Muerte para avisarle de que ha llegado su hora». Con sencillez pasmosa, acaba de describir un cuadro que merece la pena contemplar en directo. Escudriñarlo sin prisa, palpar su mensaje y deleitarse en cada trazo. Normal que «sea la pintura más mimada de Eduardo».
De templo en templo
«Parecerá una bobada, pero encontrar una campana de San Antón me gustó». Es lo que tiene bucear en el patrimonio y disfrutarlo como un niño con zapatos nuevos. Cualquiera puede hacerlo, apostilla, gracias a los voluntarios de San Juan que «se encargan de que la iglesia esté abierta y se pueda visitar».
En cada viaje, Calzada descubre algo que le sorprende. En la iglesia de San Esteban de su querida Pedrosa del Príncipe se topó, sin ir más lejos, con el monumento de Jueves Santo de Luis Manero de Miguel, director de la Academia Provincial de Dibujo y artífice de dos carteles de las fiestas de San Pedro y San Pablo.
El recorrido por la provincia es inmenso. Gracias al boca a boca, Calzada ha rescatado del olvido innumerables espacios, usos y costumbres del Burgos rural sin perder de vista la Catedral de Santa María. Lo próximo, esos dos volúmenes que citábamos al principio, versarán sobre Yudego. Hasta el siglo XVIII (inclusive) el primero y de ahí hasta nuestros días el segundo. También regresará a Villanueva de Argaño, que ya investigó en su día, para centrarse en la época contemporánea. Otro cantar, sin duda, para un maestro del arte que nunca ha dejado de trabajar.