El Correo de Burgos

Cuando los hijos se van de casa. Consejos para afrontar el cambio sin perderse por el camino

La psicóloga Yolanda González da claves a los padres (y a los hijos) que inician una nueva etapa fuera del hogar parental

Yolanda González Arlanzón, psicóloga de grupo Deyfos en Aranda de Duero

Yolanda González Arlanzón, psicóloga de grupo Deyfos en Aranda de DueroECB

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Un día la habitación se queda vacía, la mesa tiene un cubierto menos y la rutina familiar empieza a reorganizarse. Estudiar lejos de casa, encontrar trabajo en otra ciudad o iniciar la convivencia en pareja son algunos de los motivos que pueden llevar a los hijos a abandonar el hogar familiar. Para ellos es un paso a la autonomía, para los padres el inicio de una nueva etapa en la que tienen que redescubrir una vida que durante años ha estado vinculada a la crianza. “Hay despedidas que no significan adiós. La salida de un hijo de casa es una de ellas”, asegura Yolanda González Arlanzón, psicóloga de grupo Deyfos.

Da igual el motivo. Irse de casa implica una transformación importante. Para los jóvenes supone enfrentarse a nuevas responsabilidades, relaciones y decisiones. Para madres y padres, cambia la convivencia y, con ella, muchas de las rutinas que habían organizado su vida durante años. “Puede aparecer ilusión, orgullo, preocupación, nostalgia, sensación de vacío o incluso alivio. Y todas estas emociones pueden coexistir”, afirma.

Como psicóloga, Yolanda González considera importante recordar que sentir tristeza por la marcha de un hijo no significa que no queramos que se vaya ni que estemos haciendo algo mal. “Significa que estamos atravesando un cambio significativo”, señala. En su opinión, la clave no está en evitar las emociones, sino en aprender a transitar esta nueva etapa.

El primer consejo que da a quienes hacen las maletas para iniciar una nueva vida fuera de casa es no esperar a sentirse preparados para empezar a construir su nueva vida. “Cuando llegamos a un lugar nuevo podemos sentir inseguridad, vergüenza, miedo o incluso soledad. Es fácil pensar que primero tenemos que sentirnos cómodos y después empezar a relacionarnos, pero, en realidad, muchas veces sucede al revés. Como psicóloga recomiendo hacer pequeñas cosas que nos acerquen a la vida que queremos construir, aunque aparezcan emociones incómodas: ir a clase, presentarse a un compañero, aceptar una invitación, apuntarse a una actividad, conocer el barrio, buscar un deporte que nos guste o simplemente salir de casa”, subraya, convencida de que no hay que convertirse en una persona diferente. “Tienes que darte oportunidades para descubrir cómo quieres vivir esta nueva etapa”, añade.

La libertad necesita cierta estructura

Según explica esta psicóloga afincada en Aranda de Duero, cuando dejamos el hogar familiar desaparecen muchas de las rutinas que hasta entonces venían dadas, como horarios, comidas, responsabilidades compartidas o alguien que nos recuerde lo que tenemos que hacer. “La libertad puede ser maravillosa, pero también requiere aprender a organizarse. Por eso recomiendo crear unas estructuras básicas como dormir suficientemente, alimentarse bien, mantener cierta actividad física, organizar las obligaciones y reservar tiempo para el ocio y las relaciones”, afirma.

No se trata, puntualiza, de llenar la agenda. “Hablo de construir una rutina que nos permita cuidar de nosotros mismos mientras vamos descubriendo nuestra nueva vida. Y esto sirve tanto para quien empieza la universidad como para quien comienza un trabajo, se independiza o inicia una convivencia”, extiende.

“La nueva vida necesita espacio para entrar”

Un error común para las personas que inician una nueva etapa fuera del hogar familiar es refugiarse en las redes sociales o en la televisión. “Cuando todo resulta nuevo, el móvil puede ofrecer algo conocido y reconfortante. Las pantallas permiten mantener el contacto con la familia y las amistades, entretenernos y desconectar. Y eso puede ser positivo. El problema aparece cuando se convierten en la principal forma de relacionarnos con el mundo”, advierte.

En estos casos, la psicóloga aconseja hacerse la pregunta, “¿estoy utilizando ahora una pantalla porque quiero hacerlo o porque estoy evitando algo que me resulta difícil?”.

Para ella, no se trata de demonizar las redes sociales, los videojuegos o las series. “Se trata de que sigan siendo una parte de nuestra vida y no sustituyan aquello que necesitamos construir fuera de ellas. Puedes hablar con tus amistades de siempre y conocer gente nueva. Puedes llamar a tu familia y, al mismo tiempo, aprender a desenvolverte sin ella. Puedes jugar, ver una serie o navegar por redes y también salir, explorar, relacionarte y experimentar. La nueva vida necesita espacio para entrar”, afirma.

Dos claves para madres y padres

Cuando un hijo abandona el hogar familiar, suele hablarse del síndrome del nido vacío. Sin embargo, conviene utilizar esta expresión con cierta cautela. Según explica esta experta, no todas las personas viven esta transición con sufrimiento y, cuando aparece malestar, no necesariamente estamos ante un problema psicológico. “Puede ser simplemente el proceso de adaptación a una nueva etapa familiar”, aclara.

Tampoco existe una única forma de afrontar el reto. Madres y padres pueden experimentar emociones diferentes y en momentos distintos. “La perspectiva de género también nos invita a revisar una idea tradicional, no debemos asumir que la madre será necesariamente quien más sufrirá la marcha ni que el padre permanecerá al margen de la crianza emocional”, defiende, al recordar que cada persona tiene su propia historia, su relación con sus hijos y sus propios proyectos.

Acompañar no significa controlar

Como padres, la psicóloga advierte de que es normal que estén preocupados por si el hijo ha llegado bien, si está comiendo o si necesita algo. El problema aparece cuando la preocupación se transforma en supervisión constante. “Como psicóloga recomiendo hacerse una pregunta antes de intervenir: ¿Esto que estoy haciendo ayuda a mi hijo a ser más autónomo o principalmente me ayuda a mí a reducir mi preocupación?”.

En su opinión, como padres podemos estar disponibles, escuchar, interesarnos por su vida y ofrecer ayuda cuando la necesite, pero también debemos permitir que tome decisiones, se equivoque, resuelva problemas y construya su propia manera de vivir. “Cuidar cambia de forma cuando nuestros hijos crecen. A veces cuidar significa hacer y otras veces significa confiar”, comenta.

Una oportunidad para cuidar a la pareja

En esta etapa de cambio, los padres dejan atrás la tradicional crianza y recuperan un tiempo que hasta entonces habían dedicado a los hijos. “Cuando dejan de estar en casa, algunas parejas descubren que vuelven a pasar mucho más tiempo juntas y esto puede ser una oportunidad, pero también un desafío”, señala mientras deja abierta una pregunta. “Quizá es el momento de preguntarse quiénes somos como pareja cuando ya no tenemos la crianza como principal punto de encuentro. No es extraño descubrir que hay que volver a conocerse”, advierte.

Ella recomienda aprovechar esta transición para reconstruir espacios de pareja. “Una buena relación de pareja no consiste en hacer todo juntos, sino en poder compartir una vida manteniendo también una identidad propia”, recuerda, sin descartar la ayuda profesional si es preciso. “El objetivo no debe ser simplemente llenar el hueco que dejan los hijos, sino dar un nuevo lugar a la pareja y a la propia vida”, señala.

No es un vacío, es una transformación

El silencio que deja la marcha de un hijo, concluye, no significa necesariamente vacío. “Puede haber nostalgia y, al mismo tiempo, orgullo. Puede haber preocupación y, al mismo tiempo, confianza. Puede echarse de menos a alguien y disfrutar de una nueva etapa. Las emociones no tienen por qué competir entre ellas”, reitera.

Para quien se marcha, el reto es aprender. “Una familia no deja de estar unida cuando sus miembros viven en lugares diferentes. A veces, simplemente, aprende una nueva forma de estar cerca”, termina.

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