El Correo de Burgos

EXPOSICIÓN / EL REALISMO HECHO ARTE

Una oda pictórica a la cultura burgalesa

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Incombustible, vitalista y enamorado de sus pinceles. Martín Pineda vive por y para sus obras. Cualquiera diría que por sus venas corren óleos y aceites y no sangre y es que, después de 58 años pintando, para el artista sus cuadros «son el motor de mi vida».

El pintor inauguraba ayer su nueva exposición en el Monasterio de San Juan y lo hacía rindiendo homenaje a gran parte de la cultura burgalesa, así como de alguna ciudad cercana. «Son retratos de cantantes, músicos y bailarines de la escena burgalesa», explica Pineda, quien añade que «se trata de estar orgullosos de lo que tenemos en Burgos, parece que lo nuestro nunca es importante o no está a la altura y más bien todo lo contrario, es fundamental estar orgulloso de todo lo nuestro».

Nombres como Diego Galaz, Tuco, Alejandro Yagüe, Mario Mayoral o instituciones como el Orfeón Burgalés o la Coral de Cámara de Pamplona forman parte de esta colección de pintura de estilo figurativo en la que Pineda ha puesto todo su carisma y gran parte de su tiempo. Grandes obras con grandes dimensiones, «sólo el Orfeón lo componen 70 personas y la Coral unas 90, hay cuadros de 2 metros y alguno un poco más grande».

Y es que para Pineda, la pintura es cuestión de tiempo, es pausa y sosiego. «Un cuadro no se pude pintar en cinco minutos, requiere de nuestro esfuerzo y días de trabajo y es lo que trato de transmitirles a mis alumnos».

El artista forma parte de la escuela realista, de esa que apuesta por una pintura casi fotográfica, en la que el protagonista del lienzo se reconoce a sí mismo como si se estuviera mirando en un espejo. «No me valen los borratajos, las manchas y el ‘se da un aire’, hay que tener oficio». Y de eso no le falta a Pineda, quien lleva más de medio siglo plasmando a través de sus manos lo que su mente dibuja y transmitiendo sus conocimientos.

Porque el autor compagina su labor artística con la labor docente que imparte en su estudio de Villatoro. «Es un número reducido de personas pero supone una gran alegría para mí poder dar clases, si no pasaría muchas horas solo en el estudio y se agradece contar con compañía a estas alturas de la vida, sino me volvería loco del aburrimiento». Un feedback entre conocimiento y compañía, un matrimonio de conveniencia que enriquece a alumnos y a artista.

A ellos- a sus alumnos- les enseña que el buen hacer es cuestión de dedicar tiempo y dar todo de uno mismo en cada composición. «Paso seis o siete horas al día pintando, en algunas ocasiones he tardado dos o tres meses en pintar un cuadro pero es lo que me hace feliz». Y esa felicidad se refleja en todos y cada uno de los cuadros de esta nueva colección.

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