El Correo de Burgos

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LA LLAMADA ‘humanización del personaje político’ que se ha extendido en los últimos meses (sobre todo en la televisión), nos ha llevado a ver bailar, cocinar, escalar montañas, regalar DVD’s de series de éxito a la realeza y sentar en sofás de extraños tapizados a los aspirantes a dirigir el país.

Al más puro estilo americano, el intento de convertir en personas de carne y hueso a los candidatos se está traduciendo en una especie de despropósito al estilo de «a ver quién hace la mayor locura» y se gana la simpatía de la ciudadanía que, lejos de preocuparse por el programa electoral de cada partido, se centra en la parrilla televisiva para encontrar la empatía o repulsa que siente para con cada uno de los personajes.

Ahora se huye de los debates –aunque el del pasado lunes tuvo audiencias millonarias-, y en lugar de eso, los candidatos salen en la Vogue o en programas del corazón, haciendo cosas que no estábamos habituados a ver en la clase política, empeñados en mostrar que son mortales, como nosotros. Y es que los candidatos nunca son tan cercanos como cuando están en campaña y esta campaña, aunque oficialmente se inició el pasado viernes, lleva en vigor demasiados meses como para convertirse en anecdótica.

Los políticos han pasado de besar niños por la calle para salir entrañables en la foto a exponer de manera calculada algunas de sus intimidades o vulnerabilidades en prime time, empeñándose en insistir que los tiempos cambian y la política, también.

Pero tal vez, más allá de la humanización del personaje, alguien haya detectado que el hartazgo ciudadano por la política ha provocado tal desinterés que los asesores aconsejan ir a pescar votos en los ríos donde hay peces, que ya no son el Debate Sobre el Estado de la Nación, sino ‘El Hormiguero’, ‘Planeta Calleja’ o ‘¡Qué tiempo tan feliz!. En una desesperada búsqueda del voto de los indecisos, los contrincantes bajan al barro para ganar en popularidad y se baten en los platós de televisión en lugar de en los mítines, convirtiéndose en la figura de moda en nuestro país y retroalimentando los espacios de entretenimiento, antaño prácticamente vetados para quienes querían mantener una imagen de dignidad y respeto que los escándalos se han encargado de reventar.

Por eso, desde hace unos meses y para desterrar la imagen del político frío y distante y recuperar la confianza de la ciudadanía, se busca mostar un ideal de persona cercana, cordial, divertida y con naturalidad.

Puede que las estrategias de comunicación deban adaptarse a los nuevos tiempos, pero esta banalización de la política, tiene a mi juicio un peligro: que nadie vea si detrás del afable, el gracioso, el buen cocinero, el intrépido del rápel o la bailarina risueña hay una persona capaz de dirigir un país.

Sin embargo, el show debe continuar. Al menos hasta el 20D. Paciencia, que ya queda menos.

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