El Correo de Burgos

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HACE NO MUCHO se difundieron duras críticas contra la universidad provenientes del catedrático Félix de Azúa, un buen ejemplo de que títulos como el de catedrático no son coraza suficiente cuando uno es torpe.

Pareciera como que nada vale, y hoy en día todo debe ser cuestionado desde la rabia más profunda hasta llegar al escarnio. No solo se critica la picaresca política, se critica todo.

Cuando leemos esas acusaciones nada constructivas podemos sostener que la persona que lo escribe no está bien regulada emocionalmente, actúa bajo el lema: “sufro, luego acusó», y haría mejor en acudir a un psicoterapeuta.

Tras unos años en la UBU, he comprobado algunas cosas; por ejemplo, algunos docentes, lejos de aislarse en sus despachos y bunquerizarse con el peligro de terminar en una realidad paralela por haber escogida ‘la pastilla azul’, están vinculados a la ciudad de numerosas formas, incluso algunos, a la chita callando, tienen el carnet de voluntarios de alguna ONG, algo que, en mi opinión, les honra.

Profesores que siguen el lema del pedagogo Giner: “la educación no tiene límite definido alguno, no se reduce a un periodo determinado de la vida. Sino que comienza con esta y dura tanto como ella dura. La vida entera es un continuo aprendizaje».

Una facultad donde nada más entrar te espera una sonrisa venida de la conserjería, una facultad llena de personas que están allí por vocación, un lugar donde se promueven infinidad de proyectos e investigaciones realizadas en grupos de trabajo, lejos del individualismo al que se refería Ludwing Börne, columnista de prensa alemán que ya en 1823 decía que “para lograr convertirse en un ignorante es esencial practicar el bello y verdadero arte de educarse a uno mismo”.

La educación, con frecuencia, es vapuleada por los políticos, que cada poco nos legan sus reformas, quizá por ello los profesores aprendemos a vivir con el cambio y el error.

Steiner decía que «el error es el punto de partida de la creación. Si tenemos miedo a equivocarnos jamás podremos asumir los grandes retos, los riesgos», y es que el reto aviva el seso.

Ahora nos encontramos nuevos desafíos, por ejemplo, nos proponen carreras más cortas y más másteres, y me sumo a los que piensan que ello fomentaría la triste desigualdad que ya de por sí es bastante abultada en España. Según nuestro nuevo rector, Manuel Pérez Mateos, existen diferencias importantes; sin ir más lejos, el precio medio de un crédito en un grado ronda los 20 euros y el de un máster los 60. Como decía, sería un brochazo más que contribuiría al aumento de la desigualdad.

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