«La pandemia generó solidaridad, pero después han aumentado los atentados y faltas de respeto»
Adaptándose sobre la marcha. Así sobrellevó la Policía Local de Burgos los peores momentos de la crisis sanitaria del covid-19. No fue fácil, pero «hemos salido reforzados»
Un policía local agradece las muestras del personal sanitario del HUBU.
Mejor quedarse con lo bueno. Con los momentos más emotivos y aquellas anécdotas -alguna que otra surrealista- que ahora se reviven entre risas. No fue fácil afrontar la crisis sanitaria del covid-19 en el seno de la Policía Local de Burgos. Hubo que doblar turnos, exponerse al virus y afrontar situaciones desagradables. Sin embargo, los agentes buscaron «mecanismos para evadirnos como los cumpleaños o las visitas a las residencias de mayores».
«Hemos salido reforzados porque se dio la visión de que estábamos para ayudar», sentencia el intendente jefe de la Policía Local, Félix Ángel García, pese a ser consciente de que «limitar ciertos derechos» propició rechazo social aunque gran parte de la ciudadanía comprendiese que era «por el bien común». A su lado, el responsable de Relaciones Externas y Comunicación, Pablo Ibáñez, comparte la misma impresión. «La pandemia generó solidaridad al principio, pero también un pozo oscuro de egoísmo». De hecho, ambos coinciden en señalar que «han aumentado los atentados y faltas de respeto». La gente, a tenor de aquello, «ya no aguanta tanto» y cualquiera «pone en tela de juicio la actuación policial». Hasta el mero hecho de pedir el DNI puede ser un foco de conflicto.
Cinco años después, aunque parece que haya pasado un siglo, Ibáñez recuerda los primeros días del confinamiento. El 14 de marzo de 2020, cuando el Gobierno decretó el Estado de Alarma, les tocó «ir a los bares y mandar a la gente a sus casas» junto a su compañero Ricardo Narganes. Obviamente, «nadie lo entendía» y empezó a cundir la sensación de que todo el mundo se dirigía a «la boca del lobo».
«Fue bastante complicado y duro porque el de la Policía Local es un trabajo directo con el ciudadano, para bien o para mal. Pasamos de tener contacto a no poder tocar a la gente. Ni siquiera el DNI, que había que darlo en el suelo por si estaba contaminado», rememora Ibáñez.
Dos agentes, en plena crisis sanitaria del covid-19, con desfibriladores.
La incertidumbre campaba a sus anchas y el «miedo» ganaba terreno. Ibáñez, que en 2022 dejó la calle para hacerse cargo del departamento de Relaciones Externas, sufrió «pérdidas personales de gran calado». «A día de hoy ya no quedan secuelas, pero sí el recuerdo», subraya de forma somera porque prefiere abordar «lo bonito». En casa, la semana que libraba, apenas salía porque quería pasar todo el tiempo posible con sus hijos. En el trabajo, las iniciativas que fueron surgiendo permitieron a toda la plantilla sobrellevar aquel panorama tan distópico que nadie jamás hubiese imaginado.
Lo de felicitar los cumpleaños megáfono en mano fue «muy especial». «Esa alegría que te devolvían los niños y niñas era lo que te llenaba». Poco a poco, la iniciativa se viralizó a través de las redes y tuvieron que hacer frente a una «avalancha de peticiones»: hasta 30 en un solo día. Mientras tanto, las patrullas también se desplazaban habitualmente hasta las residencias, cuando los bomberos se encargaban de desinfectar las instalaciones, para enviar mensajes de aliento a «personas mayores que estaban muy solas».
«Muchos se buscaron un perro para tener un salvoconducto» y después «ha habido casos de crías que se han tirado a contenedores»
La soledad de la tercera edad tuvo un efecto devastador. Consciente de lo que suponía limitar los movimientos de la ciudadanía, García solicitó a la Gerencia de Servicios Sociales un censo para saber cuántas personas mayores de 70 años vivían solas. Había «más de 5.000». Inmediatamente, se coordinaron esfuerzos con Protección Civil para prestar asistencia en caso de ser necesario.
Aún seguía España confinada y a veces tocaba hacer un poco la vista gorda. Por ejemplo, cuando se trataba de «personas con capacidades diferentes». Casos concretos como «niños con autismo que, cuando tenían un brote, solo se calmaban en un columpio». Algo comprensible, sin duda, pero que «generó problemas». Porque ahí estaban, ojo avizor, los denominados «policías de balcón» dispuestos a dar la voz de alarma. Lamentable, desde luego. No quedaba más remedio entonces que «levantar la voz pidiendo por favor que no avisasen porque suponía un doble castigo, una doble victimización, para los padres».
Como era de esperar, la picaresca «se multiplicó exponencialmente». Casi siempre de camino a ‘hacer la compra’ presentando tickets de días anteriores. Y qué decir de quienes sacaban a su mascota cada dos por tres. Incluso un perro de peluche a ver si colaba. Lo malo, remarca Ibáñez, es que «muchos se buscaron un perro para tener un salvoconducto» y las consecuencias todavía son palpables, pues «ha habido casos de crías que se han tirado a contenedores». Por suerte, la Unidad de Medio Ambiente «se encarga de solucionarlo a base de controles».
Del confinamiento a las primeras salidas, después la apertura de la hostelería, los toques de queda... Se pasó de las felicitaciones y de las exhibiciones caninas en parques a una mayor intervención a pie de calle. Hasta entonces, la mayoría de actuaciones se centraban en controlar el tráfico para comprobar que los desplazamientos estaban justificados, acudir a domicilios por denuncias de ruido, algún que otro robo, trapicheos muy puntuales y poco más. También se asistió en casos de violencia de género, aunque «hay más ahora que antes».
El hecho de reabrir los bares supuso un antes y un después. Había ganas de salir y, de repente, proliferaron las peleas. La criminalidad, eso sí, descendió abruptamente. No en vano, García asegura que «fue muy ingrato tener que enfrentarnos al público». Casi todo el mundo «respondió muy bien», aunque siempre hay alguno que «toca las narices». Sin ir más lejos, varios «negacionistas diciendo a la gente que no se vacunase».
«Los niños y los adolescentes nos dieron una lección que ya se nos ha olvidado»
De puertas hacia dentro, no quedaba otra que acometer una reestructuración de funciones. «El policía tiene muchas especialidades, pero al final es policía y puede hacer cualquier cosa en cualquier momento», recuerda García, por aquel entonces subjefe de la Local. «Nadie se quejaba, todo el mundo estaba para lo que hiciera falta», asevera.
La disponibilidad era absoluta, pero los contagios llegaron pese a tomarse todas las medidas de seguridad habidas y por haber. «Era algo inevitable», considera Ibáñez mientras relata que, con la pandemia en ciernes, se produjo un aluvión de falsos positivos. De repente, la plantilla se quedó en cuadro.
Pablo Ibáñez, junto a un montón de dibujos realizados por niños durante la pandemia.
«Tuvimos que hacer alguna RCP (Reanimación Cardiopulmonar). Aunque no hagas la insuflación, la persona va exhalando. Si tiene el virus, por mucho que estés a 30 o 40 centímetros... ¿No se la haces? Ahí no hubo ninguna discusión»,, zanja Ibáñez. Entretanto, su superior destaca la «implicación total» de todos los compañeros. «Tuvimos que sobrevivir», enfatiza, máxime cuando al principio «nadie tenía materiales, nada de nada, y había que empezar a ponerse mascarillas y guantes».
Cuenta el intendente jefe que, a raíz de todo este caos, varias fábricas les ofrecieron material sanitario. «Lo cogimos, pero no para nosotros sino para mucha gente. Lo llevamos a hospitales, a centros de mayores...». Cómo olvidarse además de «esas mujeres que cosían y hacían mascarillas». O los vecinos de distintos pueblos que «preparaban mamparas» mientras el personal sanitario todavía se veía obligado a protegerse con bolsas de basura.
Mejor quedarse con lo bueno, como decíamos al principio. «Los niños y los adolescentes nos dieron una lección que ya se nos ha olvidado», advierte Ibáñez, quitándose el sombrero, porque «estuvieron casi dos meses en casa sin rechistar». Aparte, supieron agradecer el trabajo de quienes se jugaban su propia salud a diario. En el caso de la Policía Local, enviando un sinfín de dibujos que «primero ponían en la ventana y luego te lo dejaban para que lo recogiésemos».
García también ensalza la buena coordinación entre cuerpos de seguridad y administraciones públicas. Las batallas políticas no tenían cabida en el Centro de Coordinación Operativa Integrado (CECOPI), toda una experiencia en términos de aprendizaje para sortear futuras adversidades (ojalá no sea necesario).
Se quedó con las ganas, eso sí, de que varios de sus agentes montasen un grupo musical. «Había vídeos de gente tocando instrumentos. Aprovechando que teníamos varios músicos se lo propuse, pero no se atrevieron». Quizá no tuvieron su propia banda sonora, pero no le cabe duda de que -por lo menos al principio- «éramos héroes sin capa».