De Burgos y las zapatillas de punta a Alemania y la cinta de correr
Daniela Castro Hechavarría, egresada de la EPDCYl Ana Laguna de Burgos, lleva una década bailando. Inicia su quinta temporada en el Ballet Estatal de Hesse (Wiesbaden, Alemania) con ‘Corps de Walk’ de Sharon Eyal. «Los bailarines nos tenemos que ir fuera, en España no hay un modelo de compañía joven que te ayude en la transición al mundo profesional de la danza»

Daniela Castro Hechavarria en su última visita a la Escuela Profesional de Danza donde empezó a forjarse como bailarina profesional.
Daniela Castro Hechavarría es una bailarina establecida desde hace ocho años en Alemania. En estos días estrena su quinta temporada formando parte del grupo de bailarines que representa ‘Corps de Walk’, coreografía de Sharon Eyal. Desde 2016, ha recorrido escenarios de Italia y Alemania, interpretando coreografías de referentes de la danza contemporánea como Mats Ek, Sharon Eyal, Ohad Naharin o Damien Jalet, entre otros.

Danila Castro durante la interpretación de 'Corps de Walk' que se estrenó en septiembre.
Una vocación que surgió desde pequeña, en una casa de bailarines: ambos padres fueron miembros del Ballet Nacional de Cuba. Aunque hubo momentos de dudas, Daniela comenzó a los siete años en la Escuela de Ballet Víctor Ullate en Madrid. En 2005, se trasladó al Real Conservatorio de Danza Mariemma durante un año, pero «tuve que dejar la danza por un tiempo porque me había estresado mucho la intensidad de los estudios del conservatorio. En esa época solo tenía 11 años», explica.
Cuando se mudó a Burgos con su familia, con 14 años, su bailarina interior volvió a despertar. «Esta vez quería concentrarme, seguir adelante e intentar dedicarme a la danza profesionalmente». Se matriculó en segundo de profesional de la especialidad de Danza Clásica en la Escuela Profesional de Danza de Castilla y León Ana Laguna de Burgos. Y no se bajaría de las puntas hasta que se graduó en 2016. «Fue intenso, porque entonces no había adaptación curricular, pero tenía mucha energía y me gustaba tanto que a pesar de ser un gran esfuerzo no me supuso un sacrificio, no tenía la sensación de estar perdiéndome mi juventud, si había planes y no podía quedar, pues a la próxima sería», recuerda.
Al terminar recuerda esa sensación de que «todavía me faltaba mucho por aprender. Aquí te ofrecen una formación muy completa. El programa de profesores especialistas es una maravilla porque te acerca mucho a la realidad de la vida profesional, pero te faltan herramientas y experiencias para encontrar tu yo como bailarina y como artista», explica. Ahí es donde echa en falta algo que ve en otros países europeos, el desarrollo de compañías jóvenes de danza que actúen como puente entre los estudios y la vida profesional.
«Con 18 años, sales de la escuela y las compañías no suelen contratar a gente tan joven porque aún nos falta experiencia. De repente te ves envuelta en la espiral de: ¿cómo quieres que gane experiencia si no me das oportunidades para ganarla?», señala. Así que «los bailarines españoles nos vamos fuera porque aquí no existen modelos de compañías jóvenes que te ayuden a transitar a la vida profesional». Esta oportunidad la encontró en el Proyecto Internacional Eko Dance en Turín (Italia), donde conoció a Pompea Santoro y comenzó a involucrarse en la danza contemporánea profesional. «Ella, que fue bailarina del Cullberg Ballet de Mats Ek, me enseñó mucho porque tiene una forma diferente de entender la danza, independientemente del estilo, haciendo hincapié en cómo bailar con libertad, saliendo del marco académico, pero sin olvidar la técnica. Este enfoque me ayudó a encontrar mi identidad como bailarina», recuerda.
A partir de enero de 2017 y durante cuatro años formó parte de la compañía de danza del Pfalztheater Kaiserslautern (Kaiserslautern, Renania-Palatinado, Alemania) bajo la dirección de James Sutherland que en aquel momento era también el coreógrafo residente de la compañía. Momento que aprovechó para seguir experimentando su faceta más contemporánea «hice un montón de talleres y formación extra porque al haberme graduado en la especialidad de danza clásica, sentía que me faltaba mucho por aprender sobre improvisación y otras técnicas contemporáneas que son esenciales para el currículum del bailarín en las compañías alemanas y europeas en general». Fue entonces cuando empezó a buscar compañías que fueran más allá, que contaran con coreógrafos invitados, ya que «me parecía que me estaba encasillando en un estilo muy específico. Tengo y sigo teniendo mucha curiosidad por descubrir otros estilos y formas de entender el movimiento».

La bailarina, formada en Burgos, lleva diez años en la danza profesional entre Italia y Alemania
Realizó cursos de profundización en el Festival B12 de Berlín, el Share Intensive de París o participó en la Semana Internacional de Danza de Budapest. Y en 2021, durante la pandemia, llegó una convocatoria de compañía con coreógrafos invitados: era el Ballet Estatal de Hesse (Wiesbaden, Hesse, Alemania). «Presenté mi solicitud, envié una grabación de dos solos e improvisación, y en la siguiente ronda me invitaron a tomar clase en la sede de la compañía en Wiesbaden. Fue un proceso duro durante la pandemia porque no estábamos en nuestra mejor forma física, y en esta fase de la audición éramos grupos reducidos de tres candidatos, ya que debíamos mantener el metro y medio de distancia… fue muy intenso», recuerda. Un mes y medio después llegó el correo con la noticia de que contaban con ella. «Pasé de una compañía de doce bailarines a una de 28, y ahora comienzo mi quinta temporada».
Desde entonces, ha experimentado estilos de baile que jamás habría imaginado, pero también ha estado en una constante prueba de aptitud. «Cada vez que llega un coreógrafo, hay que audicionar y puede que pases a formar parte del elenco o no. Estás en un casting constante. Es la gran diferencia de trabajar en una compañía con 28 bailarines, no todos podemos formar parte de todas las piezas», reconoce.
Un reto de formación y preparación constante que le ha traído sorpresas. Como la pieza ‘Skid’ de Damien Jalet, que fue coreógrafo de la última gira de Madonna o de las piezas musicales de la película ‘Emilia Pérez’.

'Corps da Walk' de Sharon Eyal interpretado por el equipo del Ballet Estatal de Hesse.
En esta creación, el escenario tiene una inclinación de 34 grados y una altura de 10 metros, lo que obliga a los bailarines a luchar contra la ley de la gravedad. «Es una pieza muy bonita, comienza lentamente y hay un juego de luces hipnotizante que crea sombras y dibujos sobre la gran rampa blanca por la que nos deslizábamos. Pero fue todo un reto: llevábamos zapatos japoneses de dedo con suela de especial tracción y, a la vez, unos trajes con muchas capas que hacían difícil adherirse a la superficie. Si algo no salía como estaba planeado, tenías que enseñar a tu cuerpo a relajarse y dejar que la gravedad hiciera lo suyo», recuerda.
Especialmente recuerda la formación en Gaga: «Para bailar repertorio de Ohad Naharin tienes que tener una buena base clásica pero también formación en Gaga porque es su lenguaje específico de movimiento». De este coreógrafo Daniela recuerda lo más inesperado que le ha tocado interpretar sobre el escenario y que su yo de estudiante en Burgos nunca pensó que le tocaría afrontar. En ‘Last Work’ hay una bailarina que corre en una cinta de correr durante toda la pieza. «Una hora corriendo, durante todo el tiempo que dura la pieza, y eso me tocó hacer» recuerda entre risas. . Algo que la obligó a prepararse de manera específica: «Como bailarina tienes flexibilidad, fuerza, resistencia, rapidez, pero cuando me dijeron que tenía que correr, tuve que entrenar de manera distinta para descubrir la biomecánica del corredor, que no es la misma que la del bailarín, y así evitar lesiones».
La versatilidad del bailarín es clave para mantenerse en la brecha profesional durante diez años, pero también lo es la formación constante. El horario de Daniela comienza a las 10:00 horas con un entrenamiento diario que suele ser una clase de ballet con pianista. Después sigue un bloque de ensayos hasta las 14:00 horas, y se repite tras el almuerzo, de 15:00 a 18:00 horas. Además, mantiene su trabajo físico con dos espectáculos a la semana o, si es puente o festivo, tres o incluso cuatro.
«En Alemania y en otros países de Europa hay una gran tradición de ir al teatro, allí es como en España ir al cine. Específicamente, en Alemania casi cada ciudad cuenta con su propio teatro, tanto en grandes como en pequeñas ciudades, y esos teatros tienen orquesta, grupo de teatro y, algunos, también compañía de baile propia, algo que en España es muy difícil de ver», explica Castro.
Por este motivo, «muchos de mis compañeros de estudios están en el extranjero, porque allí tienes más opciones de entrar en una compañía de danza, ya que por desgracia en España todo es más inestable en el sector cultural». Así, en el Ballet Estatal de Hesse, comparte escenario con otro egresado de la EPDCYL Ana Laguna, Gorka Durán Villar, y también compartió escenario hasta hace muy poco con otro egresado de Burgos, Rodrigo Juez Moral.
«En Alemania hay muchos bailarines extranjeros, porque allí no existe formación en conservatorios desde la niñez como en España. La formación se potencia más en las escuelas superiores (Hochschule) a partir de los 18 años, pero les falta la base», explica.
La adaptación a un país diferente no es fácil. Crecer en una profesión exigente como la danza tampoco lo es. Pero, como ella misma explica: «En cualquier carrera artística te vas a encontrar con muchas situaciones en las que te dirán que no, y ante el rechazo hay que evitar desanimarse y seguir adelante, manteniendo la curiosidad por descubrir cosas nuevas, lugares diferentes y gente nueva que te enriquezca». Con estas palabras, se dirige a los nuevos bailarines que, como ella hace más de diez años, inician sus clases en la Escuela Profesional de Danza Ana Laguna.