El Correo de Burgos

Día de Todos los Santos en Burgos: Solo se muere cuando se olvida

Miles de burgaleses acudieron al cementerio de San José para honrar la memoria de sus seres queridos en un día lluvioso que obligó a celebrar la tradicional misa en el interior de la capilla del campo santo

El cementerio de San José se ha llenado de burgaleses que querían rendir homenaje a sus difuntos.

El cementerio de San José se ha llenado de burgaleses que querían rendir homenaje a sus difuntos.Oscar Corcuera

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‘Solo se muere cuando se olvida’. El 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, es la jornada de la memoria, de los recuerdos, de las anécdotas contadas una y mil veces. De la añoranza y del rememorar una vida compartida. Miles de burgaleses volvieron a colmar las calles del cementerio de San José para mantener viva la memoria de quienes ya no están.

Lo hicieron a pesar de la lluvia que ha inaugurado el mes de noviembre y que como si de un llanto continuo se tratara regó durante todo el día las flores depositadas con cariño en las tumbas.  Y es que estos días el cementerio cambia su habitual gris por el colorido de los ramos y coronas colocadas con esmero y con una emoción que en algunos casos aún está presente por una despedida reciente.

A pesar de que traiciones exportadas como Halloween se abren paso con fuerza, para muchas familias el 1 de noviembre está marcado en el calendario. Es un día para reunirse y recordar a los miembros que se han ido. Para adecentar lápidas, adornos y nichos. Para traer a la memoria y a las palabras a quienes partieron.

Las instantáneas de una jornada como esta se repiten aquí y allá. Un joven ayuda a su abuela a colocar un ramo de claveles en la tumba de su abuelo. Un beso a la piedra sella el momento. Un pasos más allá, dos hermanas limpian la lápida de su madre. Conversan animadas ajenas al trasiego de la gente y a la fina lluvia.

A lo largo de toda la semana el ir y venir de los burgaleses al cementerio ha sido una constante. Así lo confirman los agentes de Policía Local que a la entrada del campo santo trabajan para que los accesos sean fluidos y sencillos. «Desde el mismo lunes ya empieza el goteo de personas que se acercan a hacer el mantenimiento anual de las tumbas y a traer flores, pero el 1 de noviembre, da igual si hace sol o llueve, es un día de mucho movimiento».

A las doce, el sonido de las campanas recordaba a los presentes que la tradicional misa por el Día de Todos los Santos va a comenzar. En esta ocasión no pudo celebrarse en el pasillo central, entre los patios de San Valeriano y Don Pío. Fue a cubierto. En la pequeña capilla que da la bienvenida a los fieles al cementerio municipal.

En la celebración, el arzobispo de Burgos, Mario Iceta, remarca el sentido religioso de la festividad y el sentido de la muerte como el paso al proceso final del camino «para lograr la plenitud del amor de Dios». Iceta hizo hincapié en que el de hoy «es un día de alegría, de gozo y de celebración» y «hemos de preparar nuestro corazón para festejar el triunfo definitivo de la vida sobre la muerte, como lo han experimentado tantos hermanos nuestros que ya han llegado a la casa del Padre».

Al igual que en el día a día, el cementerio es un lugar de contrastes. Hay tumbas repletas de flores, otras- semicubiertas por el verdín- ya no tienen quienes la adecenten. Algunas lápidas destacan por la grandeza de sus imágenes, otras por la más absoluta austeridad. Siempre pellizca el corazón cuando la sepultura guarda bajo tierra a un pequeñín y remueve el pensamiento, esa lápida casi borrada por el paso del tiempo de quien hace más de siglo y medio que dejo este mundo.

Miles de historias de vida anónimas se mezclan con las de un puñado de burgaleses ilustres cuyos restos reposan en el cementerio burgalés. Sepulturas que prácticamente se han convertido en un homenaje a su vida y obra.

«No podemos perder esta tradición tan nuestra», asegura Carmen, quien a sus 87 años limpia y adorna la tumba de su difunto marido, acompañada de sus hijos. «Hace cuarenta años que me quedé viuda con tres niños pequeños», recuerda con la serenidad que da el tiempo transcurrido. «Ni un solo año hemos dejado de venir a poner unas flores. Tanto este día como en el día de su cumpleaños», apunta.

Paraguas en mano, como otros miles de vecinos que hoy pasarán por el campo santo burgalesa, Carmen se queda junto a la sepultura. A buen seguro que con el pensamiento puesto en quien compartió media vida con ella. Porque solo se muere cuando se olvida.

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