El Correo de Burgos

La huella de Burgos en una de las grandes «influencers» del arte español del siglo XIX

El historiador Richard Kagan inaugura el congreso ‘La resistencia de las sombras’, de Nostra et Mundi, desgranando el papel de coleccionistas estadounidenses como Isabella Stewart Gardner

Richard Kagan, en el Paraninfo de la Universidad de Burgos (UBU).

Richard Kagan, en el Paraninfo de la Universidad de Burgos (UBU).ÓSCAR CORCUERA

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No está claro cuál fue su motivación, aunque es probable que se dejara engatusar por varias amigas. El caso es que Isabella Stewart Gardner (Nueva York, 1840 - Boston, 1924) se enamoró de España a las primeras de cambio. Prendada de su arte, viajó desde Estados Unidos hasta París, donde cogió un tren con destino a Madrid. De camino, recaló en Burgos y tuvo tiempo de pasear por su casco histórico. También de fotografiar distintos monumentos, como la Catedral, que posteriormente incluiría en un «álbum de recortes».

Gardner fue, en su época, el perfecto equivalente de las «influencers actuales». Así lo expresaba este miércoles el historiador norteamericano Richard L. Kagan, catedrático emérito de la Universidad Johns Hopkins (Baltimore), durante la primera conferencia del congreso internacional La resistencia de las sombras. Memoria y ausencia del patrimonio disperso, promovido por la Universidad de Burgos (UBU) junto a la Fundación Castilla y León, en el marco del proyecto Nostra et Mundi, que se prolongará hasta el viernes.

Viajera impertérrita, la gran pasión de esta afamada coleccionista era la pintura. No obstante, también se llevaría un grato recuerdo de Burgos, en 1906, tras comprar una cruz procesional de la Seo de Santa María al anticuario francés Èmile Parès. Según la información recabada por Nostra et Mundi, pagó 10.000 pesetas. Toda una fortuna por aquel entonces, aunque también se hizo con un yacente de alabastro procedente de Salamanca. A día de hoy, ambas piezas permanecen en el Isabella Stewart Gardner Museum, ubicado en Boston.

Podría decirse, y así lo cree firmemente Kagan, que Garder fue una de las grandes precursoras del «redescubrimiento de España» en los Estados Unidos a finales del siglo XIX. Al menos en clave artística, porque el turismo ya bullía décadas atrás y los libros de viajes empezaban a proliferar. De hecho, ella misma se llevó un ejemplar de 1845 cuando cruzó el charco por vez primera.

El caso es que recorrió parte de la geografía nacional. Conoció la capital, Toledo o Barcelona. Sin embargo, su gran flechazo se produjo en Andalucía. «Sevilla es una maravilla», llegó a escribir, tal y como remarcó Sagan, poniendo de relieve que «aquí se siente existencia».

Aquella conexión cuasi mística llevó a Gardner a fascinarse por el flamenco, habilitar una capilla española en su casa y devorar obras literarias. Hasta entonces, «solo había comprado libros y manuscritos italianos, sobre todo de Dante». No tardaría demasiado en adquirir Semana Santa, Seville, 1888 de Francis Davis Millet. De ahí en adelante, España se mantendría muy presente a través de Diego Velázquez, Francisco de Zurbarán y Bartolomé Bermejo.

Creció el interés en Estados Unidos por la cultura hispánica, de eso no cabe duda. No hay que pasar por alto, además, que en la rotonda del Capitolio «varios cuadros conmemoran la llegada de Cristóbal Colón o el descubrimiento del Mississippi de Hernando de Soto». Pero no era todo lo que relucía. La admiración que muchos profesaban por el arte de la piel de toro contrastaba con la opinión de numerosos críticos. Sin comerlo ni beberlo, la escuela española se situó en el ojo del huracán.

«Arte fanático nacido de una religión alimentada por ultrajes», apuntó James Jackson añadiendo una colección de términos no demasiado amigables como «oscuridad», «tristeza», «dolor» o «autoridad despótica». Por su parte, James Mason Hoppin llegaría a señalar -previo paso por la Alhambra de Granada, donde firmó en el libro de visitas- el «carácter no atractivo y monótono de la escuela española».

Hubo, en cambio, quienes sí alabaron la genialidad de Francisco de Goya, El Greco o Velázquez como adelantados a un tiempo que empezaba a materializarse en forma de impresionismo y que, con el cambio de siglo, daría paso al expresionismo. Gardner, mientras tanto, mantenía intacto el «deseo de encontrar su propio sentido de la libertad». Para ello, procuraba «estar al día con las últimas corrientes» dejándose embriagar por el arte de Édouard Manet, Edgar Degas o James McNeill Whistler.

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