El Correo de Burgos

El templo de los callos

Gutiérrez, el restaurante de Aranda con Solete Repsol, cierra hoy tras 34 años

Rufino y Miguel Ángel convirtieron un local heredado de la calle San Bartolomé en un referente de la cocina tradicional / Se traspasa

Rufino y Miguel Ángel con Alicia, Juncal y Rosa

Rufino y Miguel Ángel con Alicia, Juncal y RosaA.G.

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Aranda

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Hoy cierra uno de los restaurantes de referencia en Aranda de Duero. Tras 34 años de andadura, Gutiérrez pone fin a una etapa con la esperanza de que una nueva familia o emprendedor continúe el camino. “Me da pena porque ha sido mi vida, pero hay que mirar al futuro. Toca disfrutar de todo lo que nos hemos perdido”, asegura Rufino.

Él montó con su hermano, Miguel Ángel, este proyecto familiar en la calle San Bartolomé, número 6, junto a la Avenida del Ferial. No es una calle comercial; de hecho, está en una calle donde no hay nada más, pero su comedor es uno de esos que se llena. El secreto, haberse especializado en casquería. “Son platos que no encuentras en Aranda, como callos, pollo de corral, manitas y guisos caseros. De eso se han encargado siempre mi hermano, Miguel Ángel, y su mujer, Juncal”, destaca, sin olvidar los almuerzos. “En Sonorama o en el cañonazo esto ha sido una locura. La gente hace cola para entrar”, subraya.

Su apuesta por la comida tradicional de calidad le valió un Solete de la Guía Repsol en noviembre de 2024. “Fue un empujón importante”, afirma Rufino.

Valdeande como origen

El proyecto familiar empezó en Valdeande, donde su padre, Rufino, tenía un bar y una tienda por la que le conocía “todo el mundo”. “Mi hermano y yo decidimos abrir algo en Aranda. Primero pensamos en un bar de la calle Moratín, pero luego optamos por rehabilitar un local que habíamos heredado en la calle San Bartolomé y la verdad es que, para la época, quedó un bar muy bonito”, recuerda.

Los hermanos encontraron en sus mujeres el mejor equipo. “Tanto mi mujer, Alicia, como Juncal llevan 30 años aquí”, agradece, sin olvidar a Rosa, la única persona externa que se ha hecho un hueco en la cocina a base de “tesón y esfuerzo”.

A la hora de hacer balance, Rufino se queda con todo lo vivido. “Me llevo el hecho de haber logrado atraer a mucha gente a una calle que no era comercial y que ha venido por la calidad y el cariño que hemos dado. Aquí he visto pasar tres generaciones. Tenemos que estar orgullosos”, afirma, con la mirada puesta en el traspaso. “Ya he recibido alguna oferta y ojalá prospere. Yo le ayudaré en lo que pueda, le enseñaremos todo y tanto mi hermano como yo estamos dispuestos a echarle una mano mientras lo pone en marcha”, anima.

Pandemia

Lo peor de ser hostelero, en su opinión, es “que te pierdes muchas cosas”. “Aquí he visto nacer a mis hijos, me he casado con mi mujer dos veces y ahora mi hermano tiene hasta nietos, pero nos hemos perdido muchos momentos con ellos”, lamenta, sin olvidar a los amigos que tampoco ha podido forjar. “Aquí, hasta la pandemia, que decidimos cerrar por las noches, solo librábamos un día y trabajábamos de sol a sol. ¿Con quién vas a quedar un martes? Así es difícil mantener amistades porque nunca puedes ir a casi ningún plan”, señala.

La decisión de cerrar no ha sido fácil. “Mi hermano se jubila sobre todo por salud, porque tiene la cadera muy mal, y mi cuñada deja de trabajar. Con el problema de personal que hay y solo dos personas trabajando, más Rosa, no es suficiente para el volumen de trabajo. Vamos a iniciar una nueva etapa y, en el tiempo que me quede hasta jubilarme, intentaré cambiar de sector. No es que la hostelería no me guste, que me encanta, pero después de tantos años detrás de una barra quiero tiempo para mí y los míos”, explica Rufino.

Miguel Ángel, por su parte, disfrutará de una merecida jubilación de la mano de sus nietas Valentina, Catalina y el bebé que está en camino. “Va a estar liado”, bromea su hermano.

Él lo tiene claro, el mayor reto de un hostelero es encontrar personal “que quiera trabajar”. “Desde la pandemia la gente ha cambiado el chip y, aunque les ofrezcas ocho horas, ya no quieren trabajar los fines de semana. Es un problema”, advierte.

Los cinco han formado el “núcleo duro”. “Hemos tenido roces, lógicos, pero siempre lo hemos arreglado y hemos comido juntos todos los días de nuestra vida”, pone en valor Rufino.

Bien lo sabe su mujer, Alicia Arauzo. “Para mí, lo mejor de haber trabajado aquí 30 años, más allá de gestionar el negocio y estar en familia, es el trato con la gente. Es un trabajo intenso y, a veces, un poco estresante, pero también pasas buenos ratos”, señala.

Con pena por el cierre, su hijo David ya visualiza lo que para él siempre ha sido un sueño, poder disfrutar en familia de las Navidades y del verano en el pueblo. “Van a ser las mejores navidades”, afirma.

Rufino y Miguel Ángel con Alicia, Juncal y Rosa y Alberto, hijo de Rufino y Alicia

Rufino y Miguel Ángel con Alicia, Juncal y Rosa y Alberto, hijo de Rufino y AliciaD. G.

Relevo

Aunque los hijos de los dos matrimonios han ayudado siempre que han podido, cada uno tiene su camino. “Ellos han estudiado o están estudiando y no quieren”, asegura Alicia. Hasta hoy, ella se encargaba con Rufino de la barra y el comedor, mientras que Miguel Ángel y Juncal gestionaban la cocina, junto a Rosa, que “lleva toda la vida con nosotros”. “Aquí hemos trabajado todos mucho porque en cocina también es difícil con las compras, el día a día...”, reconoce Alicia.

El bar es amplio. Cuenta con una gran barra y ocho mesas y, en el salón interior, suma un comedor con capacidad para 35 personas. “Es un restaurante que funciona, que tiene su clientela fija. Ojalá alguien lo mantenga abierto. Solo hace falta ganas de trabajar”, confían.

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