«Frente al activismo de sofá sigue siendo importante salir a las calles y asociarse»
La burgalesa Elsa Arnaiz Chico presenta esta jueves, 11 de junio, el ensayo ‘Suturar la democracia. Un alegato por lo común’ (Rosita y Amparo Editores) en la librería Luz y Vida a partir de las 19 horas

La presidenta de Talento para el Futuro, Elsa Arnaiz Chico.
«La democracia no se muere de golpe: se muere de costumbre». Esta es una de las primeras frases que golpea al lector que tiene entre sus manos ‘Suturar la democracia. Un alegato por lo común’ (Rosita y Amparo Editores), obra de la burgalesa Elsa Arnaiz Chico que presenta este jueves en la librería Luz y Vida a partir de las 19 horas. Es un libro para reflexionar, abrir los ojos y mirar al futuro desde lo pequeño, desde el día a día que nos concierne a todos más allá de lo que nos impacten las decisiones tomadas en las altas esferas de la política nacional y mundial.
Arnaiz Chico es graduada en Derecho y Relaciones Internacionales por la IE University y máster en Big Data por el IE Business School. Compagina la dirección de Talento para el Futuro con la docencia en la Universidad Nebrija y la IE University, la colaboración con la Global Partnership for Education y su papel como miembro del Consejo Asesor de Ecoembes. Además, participa habitualmente en medios como RTVE, como ‘Malas lenguas’ o ‘La hora de la 1’, Capital Radio, Ethic Magazine o Retina Tendencias. Ha sido reconocida por el premio ClosinGap por su trabajo en innovación social y la Guía WITH como una de las mujeres más influyentes del ecosistema empresarial español.
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Pregunta- Desde 2021 es la presidenta de Talento para el Futuro. ¿En qué consiste esta plataforma?
Respuesta- Nos dedicamos a conectar, formar y empoderar a la ciudadanía de nuestro país, situándola en el centro de la participación política. Esto lo hacemos a través de propuestas para influir en política; informes y encuestas sobre asuntos que nos importan, como la salud de la democracia, el cambio climático, economía circular o la crisis de la vivienda, por ejemplo; encuentros de comunidad, presenciales y online, donde aprender y debatir de política; hasta campañas de movilización ciudadana. También hacemos eventos como ‘Diálogos para el futuro’, donde un ministro o ministra debate con jóvenes expertos en un tema y también recibe preguntas desde el público, y otros más pequeños como ‘Política en el bar’, donde varios voluntarios discuten sobre un tema, visitan el Congreso... Son cosas que se están perdiendo y que me habría encantado tener en la universidad. No es que es que estemos hablando de juventud todo el rato, sino que son personas jóvenes hablando de los problemas del futuro.
P.- Su libro, ‘Suturar la democracia’, expone el malestar democrático de una manera muy cruda y nos pide reaccionar. ¿Hay que detenerse un poco y repensar nuestra situación?
R.- El problema fundamental que tenemos en nuestra democracia es que hay ciertos problemas que los hemos ido dejando pasar y se han enquistado totalmente, problemas que no tiene una fácil solución pero que la conocemos. Por ejemplo, el asunto de la vivienda es muy complicado de resolver, pero sabemos que hay que hacer cosas. Sin embargo, por el miedo a lo que sea, llamémoslo unas elecciones cerca o tocar a ciertos ámbitos muy poderosos, no hacemos nada. Así llegamos a datos como uno que leí hace poco, que dice que el salario mínimo es el salario más común en España. La macroeconomía irá bien, pero este dato dice que el día a día de la mayoría de la población no va bien. Por cuestiones como esta, y eso lo abordo mucho en el libro, se acaba perdiendo la confianza en el sistema y que esa confianza vuelva es muy difícil. De ahí el éxito de ciertos partidos antidemocráticos, han sabido recoger con muy buenas estrategias todo ese descontento.
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P.- En su libro habla mucho de la juventud en la actualidad, de su vida digital, la precariedad laboral y de la carestía de la vivienda.
R.- Esa frase de que «somos la primera generación que va a vivir peor que la de sus padres» no gusta nada por reduccionista, nadie quita méritos a esa generación que se esforzó mucho y creció en una dictadura. Pero si comparas, en general, el proyecto de vida que puede hacer un joven de hoy con el que hicieron sus padres en su momento, ahora es imposible acceder a una vivienda, es imposible acceder a un trabajo con un salario decente, tener una buena conciliación familiar... Parecen grandes deseos, pero es lo mínimo, ¡lo mínimo!
P.- Me interesa mucho ese concepto del ‘ruido blanco’ que aparece en la obra. La ciudadanía comenta, comparte y discute mucho sobre política. ¿Pero queda algo tras todo eso?
R.- Hoy [por este miércoles] hay sesión de control al Gobierno. Sabemos que van a hablar del papa y luego se van a tirar los diferentes casos de corrupción a la cabeza. Pues ya está, hasta ahí, es lo que va a llegar a la ciudadanía. Otros temas muy serios, que también se trabajan, no le llegan a la gente como lo que hemos hablado antes de la vivienda o la emergencia climática, porque España es de los que peor lo va a pasar porque nos vamos a convertir en un desierto. Eso no quiere decir que haya que hablar de ciertas actitudes poco éticas dentro de la política, por supuesto. Pero hay que dimensionar, porque si constantemente el debate está opacado por eso, ¿cuánto tiempo queda para hablar de lo importante y lo urgente?
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P.- A pesar de que las protestas ciudadanas siguen en las calles, gran parte del descontento social se trasladó hace años a las redes.
R.- Las redes sociales han hecho mucho daño al activismo político. Por un lado, son maravillosas para amplificar mensajes que a veces cuesta que salgan más allá de tu círculo o de tu ciudad. Pero frente a ese activismo de sofá sigue siendo importante salir a las calles y asociarse. Por ejemplo, levanta muchas pasiones el Sindicato de Inquilinas de Madrid. No te tiene por qué gustar su visión de las cosas, su relación con los caseros... Pero a mí me da esperanza ver cómo desde la sociedad civil se enfrenta un problema colectivo, que es imposible de resolver de manera individual, y por fin hayamos despertado haciendo ruido en la calle, en los medios y, muy importante, llevando propuestas al Congreso de los Diputados. Un tuit puede hacerse viral y crear cierto debate, pero pronto se olvida. Asociarse es lo que funciona a largo plazo.
P.- En el capítulo ‘Sin garantías no hay democracia: reconstruir las bases materiales de la ciudadanía’ incide en tres temas básicos: el trabajo, la vivienda y el bienestar. ¿Por qué estos derechos se han mercantilizado tanto en los últimos años?
R.- Cuando dices lo que voy a plantear ahora, muchos te acusan de comunista o de roja de mierda como poco. Estoy reivindicando que todos tenemos derecho a vivir. Y para vivir no puedo estar hacinado en una casa poco habitable ni trabajando todo el día... En ciertos sectores estas reivindicaciones son contestadas con eso de que los jóvenes son unos vagos o unos egoístas. No, lo que no puede ser es que nos haya atrapado este capitalismo neoliberal venido de Estados Unidos que es totalmente desigual y demencial, muy alejado de nuestro concepto democrático del Estado del Bienestar.
P.- ¿Están en serio peligro las democracias liberales?
R.- Yo creo que sí. Hay que decir las cosas claras y estamos en un momento en el que hay que reaccionar. Tenemos muchísimo que perder y podemos verlo en países donde los valores democráticos están retrocediendo.
P.- ¿Quiénes son sus mayores enemigos?
R.- Muchos tienen nombres y apellidos. No son españoles, están al otro lado del Atlántico. Magnates tan poderosos como Elon Musk [propietario de Tesla, la red social X, SpaceX y otras grandes corporaciones], Mark Zuckenberg [dueño de Meta, que engloba la mayor parte de las redes sociales] y otros que prefiero no conocer su nombre tienen una sola ambición: acumular todo el capital posible. Por encima de lo que sea. Pero hay otro gran enemigo que no tiene ni ojos, ni cara ni nombre: la apatía o la falta de visión de futuro. Si tú crees que ya está todo perdido, todo te da igual y sigues adelante por inercia. Es algo muy instalado en la ciudadanía joven. Ese «no hay futuro» es una sensación vital muy peligrosa.
P.- ¿Qué es lo primero que debería hacer la ciudadanía para revertir la actual situación?
R.- En vez de empezar la casa por el tejado y plantear una reforma constitucional o algo más inalcanzable, ver dónde están tus problemas cotidianos y los de tu círculo más cercano e intentar buscar una solución a ellos. Volver a creer que juntos es la mejor manera de vivir y convivir. Y eso se puede hacer de formas muy sencillas. Creo que la democracia también se construye en esas cosas pequeñas y tenemos que reivindicarlo.