El cementerio de San Gil de Aranda: origen del primer camposanto extramuros de Burgos
La peste, las crisis de enterramientos y las nuevas medidas higiénico-sanitarias impulsaron en la creación de este cementerio pionero en la provincia

Imagen de 1930 de las Eras de San Gil
La historia del cementerio de San Gil se remonta al año 1804, cuando una epidemia de peste acabó con muchísimos vecinos que llenaron las sepulturas de las iglesias parroquiales. Según explica el historiador Máximo López Vilaboa, los sacerdotes, ese mes de julio, se vieron obligados a buscar enterramiento para sus feligreses en los templos de Franciscanos y Dominicos, y más tarde en las ermitas de San Lázaro, Santa Catalina, San Antón y San Gil, llegando a habilitar como camposanto unos terrenos limítrofes a esta última que, sin embargo, no fueron utilizados de momento porque los fieles querían ser sepultados bajo el amparo de las iglesias. En datos de Jesús Moral García, que analizó los libros parroquiales de Aranda, se produjeron en este período 520 defunciones. No estaban todos. Muchos fallecidos no pudieron ser registrados.
A partir de octubre de 1804 y, dado que murieron por la epidemia muchos forasteros que habían ido a vendimiar, se empezó a enterrar en las cuatro ermitas indicadas. Hasta mayo de 1805 no se logró controlar la epidemia, volviéndose a autorizar el enterramiento en el interior de la iglesia de Santa María.

Restos del cementerio de San Gil
El primer cementerio extramuros y 5.000 reales
La crisis generada por la problemática para enterrar durante estos meses llevó al ayuntamiento de Aranda de Duero y al obispo José Antonio Garnica a tomar la determinación de construir un cementerio. Se buscó un lugar extramuros, como eran los alrededores de la ermita de San Gil, en el barrio de San Andrés, separado por el río Bañuelos del resto de Aranda. “Es posible que por este paraje estuviera el cementerio judío tres siglos antes”, señala.
De la obra se encargaron, en mayo de 1805, los arandinos José Mugüerza y Francisco Peñalba, que desarrollaron los trabajos por 5.000 reales que pagaron las dos parroquias de Aranda. Como capilla del nuevo cementerio se aprovechó la ermita existente. “San Gil es uno de los santos medievales más populares. En su vida ermitaña se alimentaba de la leche de una cierva, base para su patrocinio del amamantamiento y de las madres lactantes. Al proteger a esta cierva ante la flecha de un cazador, quedó lisiado, por lo que también se acogían a su patrocinio quienes tenían alguna discapacidad física”, explica Vilaboa.
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Según detalla, la gran importancia del cementerio de San Gil es que, presumiblemente, es el primero de la provincia de Burgos que se levantó fuera del núcleo de población, siguiendo los modernos criterios higiénico-sanitarios. Aunque de manera ordinaria se seguiría enterrando en las iglesias, el cementerio de San Gil buscaba dar respuesta ante futuras epidemias como la de 1804. De hecho, los primeros siete años no se realizó ningún enterramiento. La actividad llegó con la invasión francesa y fue por obligación. Entre las medidas modernizadoras de las autoridades napoleónicas estaba la secularización de los cementerios, así como alejarlos de los núcleos de población como medida higiénico-sanitaria. “No obstante, hay que señalar que algún soldado francés muerto en Aranda de manera natural fue enterrado en el interior de la parroquia de Santa María”, puntualiza.
El nombre de los primeros moradores
Por recientes estudios, realizados por Javier Iglesia Berzosa a partir del Archivo Parroquial de Santa María para su tesis doctoral Burguesía y Revolución liberal en la Ribera del Duero burgalesa (1808-1840), se ha descubierto que, antes de haber sido enterrado Juan Antonio Gómez de Velasco el 28 de abril de 1812, ya habían sido sepultadas otras dos personas que fueron las primeras en estrenar el cementerio: Ramona Luzuriaga, el 23 de febrero de 1812, y, posteriormente, José Garrido, el 7 de marzo de 1812.