“Los viticultores tradicionales son una especie en peligro de extinción”
Pablo Arranz ha sido distinguido ‘Viticultor del Año’ por el gurú del vino Tim Atkin

Pablo Arranz posa con su pareja y compañera Andrea Sanz
Pablo Arranz acaba de ser distinguido por el gurú Tim Atkin como viticultor del año en la Ribera del Duero. Él lo tiene claro: el panorama no es sencillo. “Los viticultores tradicionales son una especie en peligro de extinción”, advierte, preocupado porque la llegada de grandes grupos de bodegas e incluso fondos de inversión está poniendo en riesgo la esencia de la Denominación de Origen. “Al final, cuando se acapara mucha tierra, se mecaniza y se pierde ese contacto con las plantas”, afirma.
Los datos, insiste, llaman a la reflexión. “Ribera del Duero ha perdido 1.000 viticultores en los últimos diez años y se han plantado 10.000 hectáreas más. Es un problema. Las bodegas grandes están plantando a lo bestia y el viticultor tradicional tiende a desaparecer”, señala, a sabiendas de que, a excepción de cuatro grandes bodegas que sí defienden la máxima calidad, “en cuanto las bodegas masivas tengan su viñedo produciendo, la uva bajará de precio, dejarán de comprar a los viticultores y, al final, o malvendes o arrancas”.
En su opinión, las enormes extensiones de viñedo no solo afectan a los viticultores locales y, por ende, a los pueblos que viven del vino, porque no hay relevo generacional, también perjudican a la calidad de la DO.
Entre las soluciones, defiende, está cerrar la Denominación más allá de la clausura acordada para el 2026. “Un año no es suficiente, hay que paralizar tanto las plantaciones directas como las que llegan por el arranque de otras zonas vinícolas de España, donde el control se escapa, porque el mercado está cayendo y se sigue plantando sin miramientos. Ahí tenemos ejemplos como Navarra, Rueda o La Rioja. Hay que tener el control y cerrar”.
Zonificar las parcelas en función de la calidad
Como segunda solución, propone zonificar las parcelas para diferenciar procedencia y tipo de plantación, “como hace Priorato o Bierzo”. “Ahora que tenemos que hacer la trazabilidad de cada uva, es un buen momento. No puede valer lo mismo una uva de calidad de ladera que una de vega. La calidad del vino no tiene nada que ver”, insiste, convencido de que las vegas deberían reservarse al cultivo de cereal o a vinos con un sello de calidad distinto.
Pablo Arranz y su hermano Fernando llegaron a la Ribera por su padre, que decidió hacerse cargo de unas viñas cuando falleció el abuelo en La Aguilera. “Al principio fue un poco un hobbie, para no perder el contacto con el pueblo familiar, pero poco a poco esta pasión nos hizo implicarnos, ya también con mi pareja Andrea Sanz, y gracias al esfuerzo de mis padres fuimos adquiriendo viñas y la verdad es que tuvimos la suerte de conseguir viñedos de 80 a 100 años, que estaban en su mayoría a punto de ser abandonados”. Corría el año 1999.
Las primeras vinificaciones las llevaron a cabo en su propia casa y, aunque los primeros años vendían la uva a la cooperativa y más tarde ampliaron a bodegas de renombre, en 2011 sacaron su primera añada en una bodega alquilada, donde siguen trabajando. “Ha sido todo muy pasito a pasito. Estuvimos muchos años haciendo pruebas porque teníamos un montón de variedades y parcelas diferentes y queríamos saber cómo repercutían junto con otros factores que también son determinantes, como el terruño o la orientación. Cuando tuvimos claro el concepto de vino que queríamos, dimos el salto a Magna Vides”.
De hecho, su concepto va más allá del Tempranillo. “Tenemos localizadas más de 20 variedades diferentes y trabajamos con uvas que antes no maduraban bien y estaban denostadas, como las pirulesas blancas, la garnacha, monastrell o la bobal, entre otras. Hacemos la vinificación por separado, controlando muy bien el suelo, y el resultado es espectacular, sorprende”, señala, con la esperanza de que la DO Ribera del Duero se abra también a amparar estas variedades que llevan “aquí desde siempre”.
Ribera
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Loreto Velázquez
Aunque muchos viticultores se han decantado por el riego para luchar contra una sequía que promete dar batalla, Pablo, por ahora, se mantiene firme. “Creo que hay alternativas interesantes, como, por ejemplo, plantar en curva de nivel o en línea clave y no de arriba abajo, como se suele hacer. Con este sistema, el agua llega a todas las viñas, la parte de arriba no se erosiona y se evita la pérdida de suelo fértil”.
El único hándicap de este proceso es que no es apto para viñedos mecanizados. “Nosotros, salvo dos parcelas que plantamos al principio en espaldera, y en qué hora, el resto está todo en vaso y en secano. Además, seguimos lo que hacían nuestros antepasados para luchar contra la sequía: calles un poco más estrechas y, en la línea, más separación entre las plantas para que tengan un poquito más de espacio y menos competencia”.
La biodiversidad juega, además, un papel importante en unos viñedos que conviven con bosque, piedras, árboles, y plantas como tomillo, romero o lavanda, “que, al final, se nota en la uva y en el vino”. “Desde hace un año además, trabajamos con SEO BirdLife para hacer mediciones de la fauna en nuestras viñas”.

Pablo trabajo con la asociacion naturalista
Con este panorama, ¿hacia dónde debería crecer la Ribera del Duero? “Confío en que, en 20 años, haya más viticultores y una mayor diversidad de variedades que son mejorantes y que llevan en Ribera mucho antes de la creación de la Denominación de Origen”.