El Correo de Burgos

Así es Álvaro, el sacerdote que ha logrado enganchar a los jóvenes de Aranda

Ha convertido el salón parroquial en punto de encuentro juvenil los viernes. “La clave está en escuchar y no juzgar”

El padre Álvaro organiza misas para jóvenes, los domingos a las 19.30 horas en la Iglesia Vera Cruz y para los pequeños a las 11.15 horas en la Iglesia de Santa Catalina

El padre Álvaro organiza misas para jóvenes, los domingos a las 19.30 horas en la Iglesia Vera Cruz y para los pequeños a las 11.15 horas en la Iglesia de Santa CatalinaChristian Monzón

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Aranda

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Álvaro Zamora Gómez, vicario parroquial de la Iglesia San Juan Vera Cruz y Santa Catalina, está a punto de cumplir su cuarto año en Aranda, un más de los que lleva como sacerdote, pero este burgalés ha logrado lo que muy pocos: conectar con unos jóvenes que le siguen allí donde va. Llena la iglesias y ha convertido el salón parroquial en un punto de encuentro juvenil cada viernes.

Pregunta-. ¿Cuál es el secreto?

Respuesta-. No he hecho nada extraordinario. Les di la opción y ellos dieron el paso, pero no estoy solo; esto es un trabajo en equipo, porque cuento con el apoyo de los compañeros, Juan Carlos, José Mari, Daniel y del obispo. No sé si hay claves, pero aquí encuentran un lugar donde son escuchados y donde no se juzga.

P-. A la hora de conectar, su papel como profesor de Religión en el instituto El Empecinado, y antes en los Gabrielistas, ha sido determinante.

R-. Yo empecé en Villarcayo como párroco de 22 pueblos pequeñitos y como profesor en el instituto, llevando además el grupo de jóvenes y el campamento. Cuando el obispo me envió a Aranda, me encargó que organizase algo parecido. Primero arreglamos los salones parroquiales para que los jóvenes se sintiesen a gusto.

Con el párroco Daniel, que entonces daba clase en el Vela Zanetti, organizamos una cena para ver si salía grupo, y se apuntaron 120 chavales, una locura. Ahí les propuse crear un grupo con cursos de monitores para poner en marcha campamentos. Como no quería obligar a nadie, les di mi teléfono y me escribieron 80. Así empezamos; se juntó un grupo muy bueno, sobre todo con chicos del colegio Vera Cruz que estaban preparando la confirmación, y las redes hicieron el resto.

GPJ

GPJL.V.

P-. Esa fue la semilla del GPJ (Grupo Parroquial de Jóvenes), un punto de encuentro abierto para niños desde 1º de la ESO a universitarios y FP, que llena cada viernes los salones parroquiales de Vera Cruz y Santa Catalina.

R-. Están divididos por edades. Los más pequeños, que son unos 120 —de 1º y 2º de la ESO—, van de 20.00 a 22.00 horas, y los mayores, unos 110 en total, se alternan: un viernes van los de 3º y 4º de la ESO, y otro, Bachiller y FP. Hacemos muchas actividades y planes, pero siempre intentamos cubrir la dimensión social, humana y espiritual. Les damos herramientas que les ayudan a desarrollar su personalidad, pero es un espacio donde no se sienten juzgados y donde pueden curar sus heridas porque, como todos, son hijos de su tiempo.

P-. El GPJ se completa además con los campamentos. Este verano ya hay lista de espera.

R-. Este año hemos decidido acortar el número de plazas a 140, porque no encontrábamos un sitio para tantas personas (porque luego llevamos 50 monitores), y ya tengo el teléfono ardiendo y eso que no hemos abierto aún el plazo de inscripción. Pero este año, como somos menos, tendrán prioridad, en el primer pase, los que participan en el GPJ.

P-. Pero en el GPJ hay personas que no son religiosas.

R-. Sí, aquí no pedimos el certificado de Bautismo ni de nada. Esto es una oportunidad de que nos conozcan. No somos una secta y no adoctrinamos, pero sí les hacemos preguntas para que reflexionen, les inspiramos para que sean buenas personas, y en algunos casos nos hemos llevado grandes alegrías. Hace unos años bautizamos a seis, y hace dos veranos, una chica -ya mayor- quiso tomar la Primera Comunión en el campamento. Se preparó todo el año porque quería hacerlo ahí, y fue muy bonito. Las puertas están abiertas para todos.

Tienen el corazón roto

P-. Hábleme de esas heridas que tienen los jóvenes.

R-. Las tienen. Aunque estamos en la sociedad del bienestar y tienen una vida muy cómoda, en muchas ocasiones hay carencias afectivas importantes, y muchos tienen el corazón roto. Les falta sentirse queridos, escuchados. Hay mucho bulling, muchos jóvenes que se sienten solos, y en las relaciones, por ejemplo, les faltan herramientas de afectividad y se hacen mucho daño. De ahí las relaciones tóxicas, las dependencias emocionales, y cada vez hay más.

En un momento en el que el móvil parece una extensión de la mano, la imagen lo es todo. Se comparan, se censuran, se limitan, y los referentes que ven tampoco ayudan, como La Isla de las Tentaciones, que ven los niños de 1º de la ESO, o el “todo vale”. El cultivo interior es necesario para encontrar sentido.

Campamento de verano

Campamento de veranoECB

P-. ¿Qué pueden hacer los padres?

R-. Lo tienen difícil, porque entre el trabajo y la pista de relevos en que se convierten sus tardes para todas las actividades, la exigencia es absoluta, pero escuchar es básico. No quiere decir que no haya exigencia, que creo que es buena, pero todos hemos tenido una vida anterior.

P-. ¿Usted también?

R-. Desde luego (ríe). Yo era un capullo, de esos que ahora, como profesor, me caería mal. Siempre fui muy líder y un poco díscolo. También bastante juerguista, pero siempre he sido de reflexionar.

P-. ¿Cómo encontró el camino de la fe?

R-. Mi infancia fue normal. Tenía dos tías que eran monjas misioneras y una abuela que practicaba, pero nada fuera de lo común, un chico corriente. En 3º de la ESO, que me tocaba confirmarme, mis padres se divorciaron, y como hijo único lo pasé bastante mal. Hice el instituto en San Pedro y San Felices, sin ser desde luego mi opción preferida, y luego en Bachiller empecé con Ciencias para ser Arquitecto, y poco después vi que no era lo mío y me pasé a letras para ser abogado. Ese fue otro palo, un fracaso que tuve que afrontar y que ahora me ayuda a conectar con los jóvenes.

En ese tiempo estaba muy mal, y un día, buscando un poco de tranquilidad, porque llevaba sin ir a misa desde la Confirmación, entré en la catedral de Burgos y sentí paz interior; me di cuenta de que el Señor me estaba esperando para decirme: “estoy aquí”.

A partir de ese momento comencé a ir a misa los domingos, y empecé a confirmar que algo fallaba. Salía de fiesta, pero no me llenaba; tenía una dicotomía interior que resolví cuando un día en la iglesia conocí a un grupo de jóvenes del Opus Dei. Con ellos encontré el sentido que estaba buscando.

P-. ¿Cómo se dio cuenta de que tenía que dar un paso más?

R-. Un día en Roma, un profesor de Religión me preguntó si me había planteado ser sacerdote. Yo le dije que no, pero en mi mente se abrió esa posibilidad. Aunque durante un tiempo quise negar esta realidad, incluso teniendo novia, porque pensaba que mi camino era ser abogado y tener una mujer e hijos, llegó un momento que me dije: ya no te puedes engañar más. Este es tu camino.

Fue duro, porque no todo el mundo lo entendió. Mi madre, de hecho, lo pasó fatal, pero nunca he dudado de mi vocación y cada crisis me ha ayudado a reafirmarme.

P-. Su destino depende del obispo, al que debe obediencia, pero ¿qué tal su vida en Aranda?

R-. Estoy muy contento. Me han acogido súper bien y he hecho amistades increíbles. Aquí hay mucha vida y muchas ganas de sacar cosas adelante.

P-. ¿Cómo lo lleva su familia?

R-. Ahora muy bien. De hecho, cuando decidí entrar en el seminario, fue el primer día en el que mis padres se volvieron a sentar juntos. El día de mi ordenación vinieron también juntos; él llevaba la corbata de su boda. Fue la señal de que todo empezaba a encajar.

P-. Elija una canción que le haya acompañado en este proceso de descubrimiento.

R-. La respuesta no es la huida, de Maldita Nerea.

P-. Ya lo dice Jorge Ruiz: “Aunque ahora el mundo gire en otra dirección, eres tú quien le da sentido”.

R-. Solo hay que dar el paso.

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