Pasos de metal, esperanza de vida
Marsi Bionics desarrolla exoesqueletos pediátricos que permiten a niños con enfermedades neurológicas recuperar la capacidad de ponerse de pie y caminar, adaptándose a su crecimiento y necesidades clínicas individuales.

Elena García Armada es fundadora, promotora y directora del proyecto.
Caminar es un gesto automático que rara vez se cuestiona hasta que deja de ser posible. En el ámbito de la rehabilitación, recuperar la bipedestación no solo implica volver a dar pasos, sino activar funciones esenciales del organismo y mejorar la calidad de vida de quienes han perdido esa capacidad. En ese contexto, los exoesqueletos han pasado de ser una idea vinculada a la ingeniería a convertirse en una herramienta clínica capaz de acompañar el movimiento cuando el cuerpo no puede hacerlo por sí solo.
Estos dispositivos, que se ajustan al cuerpo como una estructura externa, permiten reproducir la marcha y adaptarla a las necesidades de cada paciente. Pero en el caso de los niños, su papel adquiere una dimensión distinta. La ausencia de movimiento durante el desarrollo tiene consecuencias que van más allá de la movilidad, con impacto directo en el crecimiento, la musculatura y la interacción con el entorno. Enfermedades neurológicas como la parálisis cerebral infantil o la atrofia muscular espinal limitan esa capacidad desde edades tempranas, lo que convierte la intervención en una cuestión de tiempo y precisión.
Marsi Bionics nace en 2013 como spin-off del Centro de Automática y Robótica, un centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y la Universidad Politécnica de Madrid. Su principal hito ha sido el desarrollo de este primer exoesqueleto pediátrico del mundo.
La vallisoletana Elena García Armada es la fundadora, promotora y directora de este proyecto. Figura entre las mujeres más influyentes en el ámbito de la robótica y acumula más de medio centenar de reconocimientos. Actualmente forma parte del jurado del Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica y en 2022 se convirtió en la quinta mujer en ingresar en la Real Academia de Ingeniería.
El origen de estos exoesqueletos se encuentra en una historia concreta, explica la investigadora. Daniela, una niña que perdió la capacidad de caminar tras un grave accidente de tráfico, marcó el punto de partida. Sus padres acudieron al CSIC en busca de una solución que pudiera ayudar en su recuperación. En aquel momento, García Armada trabajaba en robótica industrial, pero el contacto con la familia y la situación de la niña cambiaron la orientación de su trabajo hacia el ámbito clínico.
La falta de tecnología adaptada a pacientes infantiles se convirtió desde el inicio en la principal dificultad. El reto consistía en diseñar un sistema capaz de ajustarse a cuerpos en crecimiento, garantizar su seguridad y responder a necesidades que cambian con el tiempo.
Los exoesqueletos desarrollados por Marsi Bionics parten de esa premisa. Esto implica tener en cuenta el crecimiento, la variabilidad clínica y las necesidades funcionales propias de la infancia, factores que condicionan tanto el diseño como su aplicación terapéutica.
El sistema no se limita a ejecutar movimientos programados. Es capaz de interpretar la intención de marcha del niño sin necesidad de procedimientos invasivos, lo que permite acompañar el gesto en lugar de imponerlo. Esta característica favorece una participación activa durante la terapia y mejora tanto la eficacia del tratamiento como la implicación del paciente.
El desarrollo técnico se apoya en una tecnología articular propia, patentada a nivel internacional y desarrollada en colaboración con el CSIC y la Universidad Politécnica de Madrid. Este sistema, denominado ARES, incorpora articulaciones elásticas con rigidez variable que se adaptan a la condición musculoesquelética de cada niño. Gracias a esta capacidad de ajuste, el exoesqueleto puede responder a un amplio rango de patologías, desde cuadros con debilidad muscular hasta situaciones con mayor rigidez o espasticidad, como ocurre en las parálisis cerebrales, asevera García Armada.
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Desde el punto de vista técnico, el funcionamiento integra sensores biomecánicos, algoritmos predictivos y modelos de control adaptativo. Esta combinación permite detectar en tiempo real la intención de movimiento y ajustar el nivel de asistencia en función de la capacidad del niño. En lugar de imponer un patrón fijo, el dispositivo acompaña el movimiento y aporta solo la ayuda necesaria en cada momento.
El uso de exoesqueletos en pacientes pediátricos ha demostrado beneficios que van más allá de la movilidad. La posibilidad de ponerse en pie y caminar tiene un impacto directo en funciones cardiorrespiratorias, musculares y gastrointestinales, especialmente en niños que han pasado gran parte de su vida en silla de ruedas. La activación del cuerpo en posición erguida contribuye a mejorar su estado físico general y a prevenir complicaciones asociadas a la falta de movimiento.
A estos beneficios se suma una dimensión menos visible, pero igualmente relevante. El uso del exoesqueleto influye en la confianza, la motivación y la relación con el entorno. En dispositivos de uso personal, esta mejora se traduce también en mayor autonomía, lo que permite a los niños participar en actividades cotidianas, desde el juego hasta la asistencia al colegio o la convivencia familiar.
García Armada explica que ver a un niño ponerse en pie y dar sus primeros pasos con ayuda de esta tecnología tiene un impacto que trasciende lo clínico. La posibilidad de interactuar a la misma altura que los demás influye en su desarrollo personal en una etapa decisiva. Para quienes trabajan en este ámbito, ese momento concentra el sentido del proyecto y refuerza el potencial de la robótica aplicada a la marcha como herramienta de transformación real.
El desarrollo de estos dispositivos continúa avanzando más allá del entorno clínico. Su evolución apunta hacia sistemas más inteligentes, personalizados y conectados, capaces de adaptarse en tiempo real a las necesidades de cada usuario e integrarse con otras terapias y herramientas de monitorización.
En ese horizonte, García Armada asevera que la robótica asistencial se consolida como una herramienta con capacidad para reducir barreras y acercar oportunidades. Su desarrollo, centrado en las necesidades reales de los usuarios, permite avanzar hacia soluciones que refuercen la autonomía y la dignidad. El objetivo es que esta tecnología sea cada vez más accesible y que su impacto alcance al mayor nú