El Correo de Burgos

Poliomielitis: el eco óseo de una epidemia olvidada

La investigación de la doctora Susana Gómez González ha permitido identificar con precisión las secuelas óseas de la poliomielitis en un esqueleto de un individuo diagnosticado en vida, algo excepcional en contextos arqueológicos

La doctora Susana Gómez González es docente en la Universidad Isabel I.

La doctora Susana Gómez González es docente en la Universidad Isabel I.ECB

Publicado por
María Merino
Burgos

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Un esqueleto. Una historia olvidada. Y una enfermedad que aún proyecta sombras sobre nuestro presente. Una caja con restos humanos, y un testimonio familiar que rompe el silencio del pasado.

Y es que el trabajo de Susana Gómez González -docente en la Universidad Isabel I de Burgos e investigadora en la Universidad de León- nos recuerda algo esencial: los huesos también guardan memoria, y nos pueden ayudar a entender y a descubrir qué tipo de enfermedades tuvieron nuestros antepasados, y sus consecuencias.

Hubo un tiempo en que la sola mención de la palabra ‘polio’ generaba miedo. Miedo a la parálisis, al aislamiento, a una vida marcada por la discapacidad. Durante décadas, la poliomielitis fue una de las enfermedades más temidas del siglo XX. Afectaba, sobre todo, a niños. Dejaba cuerpos frágiles, piernas torcidas, y en muchos casos, una dependencia permanente de bastones, férulas o incluso pulmones de acero. A día de hoy, todavía tenemos personas a nuestro alrededor que sufren esas consecuencias.

La poliomielitis es causada por un virus, que pertenece a la familia Picornaviridae y al género Enterovirus, infectando principalmente el sistema nervioso, pudiendo causar parálisis en algunos casos graves. El virus ingresa al cuerpo por vía fecal-oral, a través de agua, alimentos, o superficies contaminadas, se multiplica en el intestino y puede llegar al sistema nervioso central, donde daña las neuronas motoras, lo que conduce a la parálisis característica de la enfermedad.

Es fácil olvidar, en una era en la que la vacunación nos protege, que hubo generaciones enteras que vivieron con ese miedo constante. Comunidades enteras marcadas por el estigma de una enfermedad sin cura. Por eso, rescatar estas historias importa. No solo para la ciencia, también para la memoria colectiva.

Gracias a la vacunación masiva, la polio fue desapareciendo poco a poco del mapa en muchas regiones del mundo. Pero el virus no ha sido erradicado del todo. Y sus huellas, aunque invisibles en la actualidad, siguen inscritas en los huesos de quienes la padecieron.

Y ahora, en un mundo donde la poliomielitis parecía cosa del pasado, este estudio devuelve al primer plano la importancia de mirar atrás para entender el presente. A través del análisis de un esqueleto con un diagnóstico conocido de polio —algo excepcional en contextos arqueológicos—, Gómez-González y su equipo han logrado identificar no solo las secuelas visibles de la enfermedad, sino también sus huellas más sutiles: esas que el cuerpo deja como cicatrices tras una vida de lucha.

Además, este trabajo tiene algo profundamente humano. Detrás de los datos y las técnicas —radiografías, tomografías, análisis óseos—, hay una historia real, con nombres, emociones y consecuencias. Un familiar que dona un cuerpo para la ciencia, un equipo que trabaja sin financiación, y una investigadora que dedica mucho tiempo a una causa movida por la pasión y la curiosidad.

La ciencia también se construye así: con gestos generosos, con tiempo, con compromiso, y con la certeza de que comprender el pasado puede ayudarnos a proteger el futuro. La historia de este esqueleto —antes anónimo, ahora protagonista— nos recuerda que los restos humanos no solo son piezas de museo o datos para la estadística, sino testigos silenciosos de vidas vividas, de luchas y de resiliencias.

Susana Gómez González, licenciada en CC. Biológicas por la Universidad de León, doctora en Antropología Biológica y de la Salud por la Universidad de Alicante, docente en la Universidad Isabel I de Burgos e investigadora en la Universidad de León, tuvo una oportunidad que a pocos investigadores se les presenta: un familiar de un individuo que tuvo poliomielitis, y que conocía la trayectoria investigadora del área de antropología física, propuso ceder el cuerpo para la investigación sobre cómo esta enfermedad afecta al organismo incluso décadas después de haber sido contraída.

Los restos estudiados pertenecen a un individuo de 82 años, diagnosticado con poliomielitis en la infancia, que sufrió atrofia y debilidad muscular en la edad adulta y que falleció en 1990.

La doctora se puso manos a la obra con su investigación, cuyo objetivo era ayudar a diferenciar la polio de otras patologías —como la parálisis cerebral, la encefalitis de Rasmussen o la distrofia muscular de Duchenne— con trastornos neuromusculares semejantes en restos humanos antiguos.

Según Gómez-González, las características específicas en los restos que permitieron diferenciar la enfermedad fueron varias: asimetría en las extremidades inferiores (la izquierda más corta que la derecha), deformación de la cadera hacia el lado afectado, pie zambo, anteversión de la epífisis proximal del fémur, coxa valga y torsión de la tibia del lado izquierdo.

Para el análisis, aplicó un amplio abanico de técnicas: análisis macroscópico, radiografías, tomografías computarizadas y densitometría ósea, con el fin de estudiar la sección transversal e índice de lateralidad de fémures y tibias.

Los hallazgos reflejaron alteraciones óseas secundarias, como la escoliosis, diferencias en los cambios entesiales, osteoartritis o mayor robustez en la extremidad superior izquierda, posiblemente por el uso de bastón. Todo ello permite reconstruir no solo los efectos de la enfermedad, sino también la manera en que esa persona vivió, se adaptó y resistió.

La clave innovadora del estudio está no solo en identificar las lesiones más conocidas de la polio, sino en observar qué otras modificaciones óseas secundarias aparecen a lo largo de la vida, y cómo estas revelan el impacto funcional de la enfermedad. Cada trazo en el hueso es una pista sobre el esfuerzo, el dolor, la adaptación constante.

En cuanto a futuros proyectos, la doctora Gómez planea seguir investigando patologías infecciosas en restos humanos antiguos. Actualmente trabaja con un caso de sífilis en una mujer del siglo XVI y con individuos medievales afectados por tuberculosis osteoarticular, una enfermedad que, lejos de desaparecer, sigue siendo endémica en regiones como Etiopía.

Su proyecto ha sido reconocido con el primer premio del I Concurso de Artículos sobre la Poliomielitis y el Síndrome Postpolio convocado por la Universidad de Burgos y la Cátedra Rotary para el estudio de la Poliomielitis y el síndrome post-polio.

Un premio que, más allá del mérito académico, reconoce el valor de una investigación que da voz al pasado para iluminar el presente.

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